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De la redacción 

El Buen Tono

Orizaba.- El acoso de cuerpos de seguridad bajo mando de Mauricio Rafael Sosa García, acusados de extorsionar a habitantes y turistas, se ha convertido en una práctica normalizada que golpea la imagen de Orizaba.

“Cuando voy con placas foráneas me detienen para sacarme dinero”, denunció un ciudadano. Estas acciones disuaden a visitantes y refuerzan el descontento social, pese a que el centro luzca atractivo. “Todo está caro y no hay trabajo… la ciudad es bonita, pero tiene sus detalles”, resumió otro habitante.

Vivir en la llamada “ciudad modelo” es una paradoja para miles de orizabeños que enfrentan falta de oportunidades, precariedad laboral y un encarecimiento constante.

Mientras el discurso oficial presume desarrollo y turismo, habitantes denuncian un entorno clasista y excluyente que beneficia a una élite política y económica que ha concesionado gran parte del territorio urbano.

“La verdad, casi no hay trabajo y los que hay son mal pagados”, repiten ciudadanos que ven la prosperidad como fachada construida con publicidad y obras cuestionables. Las rentas y servicios se disparan y las nuevas generaciones ven limitada cualquier posibilidad de superación.

Una minoría respalda al alcalde Juan Manuel Diez Francos, pero corresponde a un grupo privilegiado que busca conservar beneficios y silenciar críticas.

El cuestionamiento central recae en el uso del recurso público en obras que no atienden necesidades reales. Orizaba, pese a su denominación de “Pueblo Mágico”, enfrenta el desencanto de sus habitantes: inseguridad velada, extorsión normalizada, falta de empleo digno y un desplazamiento silencioso que amenaza con borrar identidad y dignidad.

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