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Así nacieron y desaparecieron los legendarios cobertores del tigre San Marcos

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De la redacción
El Buen Tono

En la mayoría de los hogares mexicanos hubo al menos uno: doblado al pie de la cama, extendido sobre el sillón o reservado para las visitas. Gruesos, pesados y con estampados inconfundibles —el tigre rugiendo entre flores fue el más icónico—, los cobertores San Marcos se convirtieron en un elemento esencial de la vida cotidiana durante décadas.

Fue en los años 70 y 80 cuando estas cobijas, decoradas con águilas, leones, gorilas, osos y tigres, ganaron popularidad por ser una opción económica y eficiente para enfrentar el frío. Con el paso del tiempo dejaron de ser solo un artículo doméstico para transformarse en un símbolo de hogar, familia e inviernos que marcaron a toda una generación.

Su diseño llamativo y su textura inconfundible cruzaron fronteras, llegando incluso a los hogares de mexicanos en Estados Unidos, donde se convirtieron en un recuerdo tangible del país de origen.

La historia de los cobertores San Marcos comenzó en Aguascalientes, de la mano del empresario Jesús Rivera Franco, originario de Teocaltiche, Jalisco. Desde muy joven mostró interés por la industria textil y a los 12 años ya elaboraba sarapes. Más tarde se integró al negocio familiar de bufandas, chales y mantas, aunque su visión iba más allá.

Tras un viaje a España, Rivera Franco conoció el tejido sintético y decidió desarrollar un nuevo tipo de cobija para el mercado mexicano. Su objetivo, según relató su hermano Francisco Rivera Franco en una entrevista en 2012, era crear una cobija duradera y accesible que conquistara a los hogares del país. Así, en la década de los 70 fundó el Grupo Textil San Marcos, cuya producción masiva pronto alcanzó mercados fuera de México.

Durante los años 80, un cobertor tamaño matrimonial podía adquirirse por entre 45 y 50 pesos, lo que facilitó su presencia en miles de casas. Fabricados con fibras sintéticas como acrílico o poliéster, se distinguían por su gran capacidad térmica, su peso —que podía alcanzar los dos kilogramos— y su notable durabilidad. Muchos de ellos resistieron innumerables lavadas sin perder color ni forma, pasando de generación en generación.

Sin embargo, la historia de estos cobertores llegó a su fin en 1992, cuando Jesús Rivera Franco vendió la empresa al consorcio Cydsa, ante la aparición de materiales más ligeros y económicos en el mercado. La producción continuó hasta 2004, año en el que la fábrica cerró definitivamente.

Aunque dejaron de fabricarse, los cobertores San Marcos permanecen en la memoria colectiva. Muchas familias aún los conservan como verdaderos tesoros y algunos modelos, especialmente los de tigres, leones y águilas, se han vuelto piezas de colección. Hoy en día, su legado sobrevive entre recuerdos, imitaciones y la nostalgia de un objeto que, para muchos, sigue representando abrigo y hogar.

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