

AGENCIA
CDMX.- La develación del retrato de Gerardo Fernández Noroña en la Galería de Presidentes de la Mesa Directiva del Senado terminó por convertirse en algo más que un acto protocolario: fue una muestra del tono confrontativo, la autosuficiencia y la falta de autocrítica que han marcado su paso por la presidencia legislativa.
Lejos de asumir el momento como un ejercicio institucional, el senador utilizó la ceremonia en la Casona de Xicoténcatl para descalificar a sus antecesores, a quienes llamó “malvivientes del PRI y el PAN”, reduciendo un espacio histórico del Poder Legislativo a un escenario de insulto y revancha política. La frase no solo resultó innecesaria, sino que evidenció una visión patrimonialista del cargo, como si la presidencia del Senado fuera un trofeo ideológico y no una responsabilidad de Estado.
Noroña también se presentó como protagonista absoluto de la aprobación de la Reforma al Poder Judicial, exaltando su papel durante una sesión caótica, marcada por protestas, cambios de sede y acusaciones de imposición legislativa. Al describir el episodio como una “tarea mayúscula” y relatar su “sacrificio personal” por la patria, el senador optó por una narrativa épica que omite las críticas de fondo: la falta de diálogo, el atropello a trabajadores del Poder Judicial y el uso de mayorías para empujar una reforma profundamente cuestionada.
La autocomplacencia se reforzó al revelar que su desempeño fue celebrado por el expresidente Andrés Manuel López Obrador, un gesto que, lejos de fortalecer la independencia del Poder Legislativo, refuerza la percepción de subordinación política y culto a la aprobación del Ejecutivo.
Incluso al defender el costo de su retrato, Noroña recurrió al desdén hacia la crítica, calificándola de “ridícula”, sin reconocer que el cuestionamiento no es solo económico, sino simbólico: en un país marcado por la crisis de representación, la inseguridad y la precariedad, el autohomenaje de un senador resulta, como mínimo, provocador.
Finalmente, al desestimar los señalamientos por su viaje a Roma con un “váyanse acostumbrando”, el legislador volvió a mostrar una desconexión con el malestar ciudadano y una postura de superioridad que choca con el discurso de austeridad y cercanía al pueblo que dice representar.
Más que consolidar su legado, el acto dejó en evidencia una presidencia del Senado marcada por el protagonismo personal, la confrontación constante y una soberbia que erosiona la ya frágil confianza en las instituciones legislativas.
