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De la redacción
El Buen Tono

Es casi mediodía en La Habana y el panorama luce muy distinto al de hace unos años. Un pequeño grupo de turistas baja de un autobús amarillo, se toma algunas selfies frente a autos clásicos relucientes y se marcha sin contratar recorridos. Bajo la sombra de un almendro, conductores y prestadores de servicios esperan clientes que no llegan.

“Esto está crítico”, dice Reymundo Aldama, conductor de un Ford Fairlane convertible de 1957, quien pasa horas esperando trabajo. La escena resume el duro golpe que vive el turismo en Cuba, un sector que durante décadas fue uno de los principales motores económicos de la isla.

Desde 2018, el número de visitantes ha caído más de la mitad. Años de bonanza quedaron atrás tras la pandemia de COVID-19, los apagones constantes y el endurecimiento de las sanciones de Estados Unidos. Hoy, quienes dependen del turismo enfrentan una situación límite.

Rosbel Figueredo Ricardo, de 30 años, vende chivirico, un popular antojo callejero. Antes cargaba hasta 150 bolsas al día y las vendía todas. Ahora apenas lleva 50 y hay jornadas en las que no vende ninguna. Técnico medio en mecánica industrial, mantiene a su familia y espera otro hijo. “Esto se vive para comer”, dice con preocupación.

La crisis se siente también en zonas emblemáticas como el malecón habanero, antes abarrotado de turistas y hoy ocupado principalmente por parejas locales y pescadores. Restaurantes frente al mar permanecen vacíos, con empleados atentos a un horizonte sin clientes.

De enero a noviembre de 2025, Cuba recibió alrededor de 2.3 millones de turistas, muy lejos de los 4.8 millones de 2018 y los 4.2 millones de 2019, antes de la pandemia. A esto se suma la pérdida de casi 8 mil millones de dólares en ingresos debido a las sanciones estadounidenses entre marzo de 2024 y febrero de 2025, según cifras oficiales.

Gaspar Biart, conductor de autobús turístico desde hace 16 años, recuerda cuando los vehículos iban llenos. Hoy, muchos recorridos se hacen con apenas tres pasajeros. Asegura que las sanciones impuestas por el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, cerraron las puertas al turismo. “No nos deja ni respirar”, afirma.

Los autos clásicos, símbolo de La Habana, también resienten el desplome. Aldama, quien antes trabajaba hasta la noche, ahora tiene suerte si consigue uno o dos clientes al día. Bajó sus tarifas a menos de la mitad y teme que la falta de combustible lo obligue a abandonar su oficio.

Entre los visitantes que aún llegan, las percepciones son diversas. Vincent Seigi, turista ruso, describe a Cuba como un lugar donde el tiempo parece detenido, marcado por sanciones y carencias. Por su parte, la brasileña Gloraci Passos de Carvalho destaca la calidez y resiliencia de los cubanos. “Es una lección para sobrevivir con menos”, afirma.

Mientras la isla enfrenta apagones, escasez y tensiones internacionales, el desplome del turismo deja una huella profunda en la vida cotidiana. Para miles de cubanos, la espera de visitantes se ha convertido en una lucha diaria por subsistir.

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