

AGENCIA
Nacional.- A pesar de haber sido presentados como una de las piezas clave de la política social del gobierno federal, los Bancos del Bienestar continúan acumulando señalamientos por su bajo desempeño, altos costos operativos y escasa contribución a la inclusión financiera de los sectores más vulnerables.
Con miles de sucursales construidas en todo el país y una inversión multimillonaria de recursos públicos, la red bancaria impulsada por la llamada Cuarta Transformación no ha logrado convertirse en una institución funcional ni competitiva. En la práctica, su operación se ha limitado casi exclusivamente a la dispersión de programas sociales, sin ofrecer servicios financieros integrales que permitan a los beneficiarios ahorrar, invertir o acceder a crédito en condiciones reales de desarrollo.
Diversos reportes oficiales y quejas ciudadanas han evidenciado fallas constantes: sucursales sin personal suficiente, cajeros que no funcionan, problemas recurrentes con el sistema, horarios reducidos y una dependencia casi total del efectivo. En muchas comunidades, los Bancos del Bienestar operan de manera intermitente, obligando a los usuarios a recorrer largas distancias para cobrar apoyos que podrían dispersarse mediante la banca ya existente.
A ello se suma la opacidad en el ejercicio de los recursos. La construcción de sucursales fue asignada mayoritariamente a dependencias federales y al Ejército, sin procesos competitivos claros y con sobrecostos que aún no han sido plenamente transparentados. Pese a la magnitud de la inversión, no existen indicadores públicos que demuestren que el Banco del Bienestar haya reducido la exclusión financiera o fortalecido las economías locales.
Especialistas han advertido que el modelo prioriza el control político de los programas sociales sobre la eficiencia bancaria. En lugar de fortalecer instituciones ya reguladas y con infraestructura operativa probada, el gobierno optó por crear un banco con funciones limitadas, escasa autonomía técnica y sin una estrategia clara de sostenibilidad financiera.
Lejos de consolidarse como una herramienta de desarrollo, los Bancos del Bienestar se han convertido en un símbolo de improvisación institucional: una red costosa que no banca, no ahorra y no impulsa proyectos productivos, pero que sí concentra recursos públicos y mantiene una estructura que depende permanentemente del presupuesto federal.
Mientras tanto, millones de usuarios siguen enfrentando las mismas dificultades de siempre para acceder a servicios financieros básicos, confirmando que el problema no era la falta de bancos, sino la falta de una política pública eficaz y profesional.
