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El cáncer ocular constituye un desafío singular para la medicina, no solo por su agresividad potencial, sino fundamentalmente por su carácter sigiloso. Su baja frecuencia —con aproximadamente 164 casos de tumores intraoculares registrados cada año en España, según el Ministerio de Sanidad— y la sutilidad de sus primeras señales conspiran para que el diagnóstico se produzca de manera tardía, comprometiendo así las posibilidades de éxito terapéutico. Así lo destaca el doctor Felipe Costales, especialista del Instituto Clínico Quirúrgico de Oftalmología (ICQO), quien subraya la imperiosa necesidad de incrementar la concienciación social sobre esta patología.

La enfermedad puede manifestarse en el interior del globo ocular o en los tejidos que lo rodean, presentando un perfil epidemiológico diferenciado. En la población adulta, la forma más prevalente es el melanoma ocular, mientras que en la pediátrica destaca de forma alarmante el retinoblastoma. Los datos indican una mayor afectación en varones, con una edad media de diagnóstico en torno a los 53 años.

Entre los factores que incrementan el riesgo de desarrollarlo, el doctor Costales menciona la edad, especialmente a partir de la quinta década de la vida, la posesión de ojos claros y una exposición prolongada o sin protección a la radiación ultravioleta. “De ahí la importancia capital de proteger los ojos con gafas de sol homologadas, una medida preventiva sencilla pero eficaz”, advierte el oftalmólogo. En el caso específico del retinoblastoma, el componente genético y los antecedentes familiares adquieren un peso determinante. “Cuando existe dicho antecedente, el seguimiento oftalmológico desde las primeras etapas de la vida no es una opción, sino una necesidad fundamental”, añade.

La batalla contra este cáncer se complica por su naturaleza asintomática en fases iniciales. Los indicios, cuando aparecen, suelen ser confusos y fácilmente atribuibles a otras afecciones menos graves. Entre ellos figuran la visión borrosa o su pérdida progresiva, la percepción de manchas oscuras fijas en el campo visual, destellos de luz, un aumento súbito de las denominadas “moscas volantes”, alteraciones en la forma o el tamaño de la pupila y, en estadios más avanzados, dolor ocular persistente.

El retinoblastoma infantil, sin embargo, puede deparar un signo de alarma más visible, aunque a menudo descubierto de forma casual. Se trata de la leucocoria, un reflejo pupilar blanquecino anómalo, similar al brillo del ojo de un gato, que puede hacerse patente en fotografías tomadas con flash. La identificación precoz de este fenómeno es un punto de inflexión crucial. “La detección temprana de la leucocoria puede marcar la diferencia entre salvar la visión o perder el ojo, y mejorar radicalmente el pronóstico vital. De hecho, con un diagnóstico oportuno, las tasas de curación superan el 90 por ciento”, explica el doctor Costales.

El arsenal terapéutico disponible es amplio y se selecciona en función del tipo, tamaño y localización del tumor, así como del estado general del paciente. Abarca desde la radioterapia y la cirugía hasta el láser y la crioterapia para lesiones de menor entidad. Para el retinoblastoma, la quimioterapia ocupa un lugar destacado en los protocolos de tratamiento.

El mensaje final del especialista es de cauteloso optimismo, fundamentado en los avances científicos. “En los últimos años hemos progresado enormemente hacia tratamientos más conservadores y dirigidos. El objetivo ya no es solo controlar la enfermedad, sino hacerlo preservando, en la mayor medida posible, la visión y la integridad del ojo del paciente”, concluye el Dr. Costales. Una esperanza que se sustenta, en primera instancia, en el conocimiento de los síntomas y la prontitud de la consulta especializada.

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