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AGENCIA

Washington.- Durante una conferencia de prensa realizada este martes, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, volvió a generar polémica al insistir en su deseo de cambiar el nombre del Golfo de México, sugiriendo primero que podría llamarse “Golfo de América” y, posteriormente, de manera jocosa, “Golfo de Trump”.

Aunque el mandatario aclaró que se trataba de una broma y que no llevaría la idea a la práctica, sus declaraciones provocaron reacciones inmediatas y reavivaron el debate sobre la relevancia histórica, geográfica y geopolítica de este cuerpo de agua compartido por México, Estados Unidos y Cuba.

“Iba a llamarlo el Golfo de Trump, pero pensé que me matarían si lo hacía”, dijo el presidente entre risas. Sin embargo, dejó abierta la posibilidad de retomar el tema en el futuro al añadir: “Quizás podríamos hacerlo… No es demasiado tarde”.

El Golfo de México recibe su nombre por la extensión de sus costas, siendo la franja oriental mexicana la de mayor longitud, lo que históricamente definió su denominación. Se trata de un mar semicerrado sujeto al Derecho Internacional del Mar, con zonas económicas exclusivas delimitadas entre los países ribereños mediante tratados y convenios internacionales.

Especialistas subrayan que un cambio de nombre unilateral carecería de cualquier sustento jurídico y no tendría reconocimiento internacional. Además, el Golfo de México es una región estratégica clave para el comercio marítimo global, la producción de petróleo y gas, así como un ecosistema de enorme biodiversidad.

No es la primera vez que Trump realiza comentarios controvertidos sobre geografía y soberanía. Durante su trayectoria política ha sugerido la compra de Groenlandia a Dinamarca y ha protagonizado errores conceptuales sobre regiones del mundo, declaraciones que suelen generar tanto críticas como burlas en redes sociales.

En el ámbito diplomático, incluso este tipo de “bromas” puede generar incomodidad entre países vecinos o requerir aclaraciones oficiales, dada la sensibilidad que rodea los temas territoriales y de soberanía.

Desde un punto de vista legal y práctico, cambiar el nombre de un cuerpo de agua internacional como el Golfo de México es inviable sin un proceso complejo que implicaría el acuerdo multilateral de México, Estados Unidos y Cuba, así como la aprobación de organismos internacionales como la Organización Hidrográfica Internacional y las Naciones Unidas. Además, requeriría la modificación de mapas, tratados, documentos legales y sistemas de navegación a nivel mundial, un proceso que tomaría décadas y tendría costos multimillonarios.

En los hechos, el Golfo de México mantendrá su nombre, respaldado por siglos de historia, cartografía y acuerdos internacionales, más allá de comentarios que, aunque presentados como humorísticos, ponen de relieve la carga simbólica y política de la geografía compartida.

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