

De la redacción
El Buen Tono
La historia oficial suele señalar que las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki obligaron a Japón a rendirse y poner fin a la II Guerra Mundial. Sin embargo, una versión cada vez más citada por historiadores sugiere que la clave estuvo en la invasión soviética de Manchuria.
El joven historiador Daniel Murillo explica que, aunque Japón sufría los ataques estadounidenses, el Gobierno nipón no planeaba rendirse de inmediato. La intención era retrasar la rendición para proteger el honor del país y buscar una “paz blanca” que favoreciera al Imperio japonés. Estados Unidos, considerando las altísimas bajas estimadas para una invasión directa, optó por lanzar las bombas atómicas.
A pesar del impacto de Hiroshima y Nagasaki, Murillo asegura que el Consejo Supremo japonés no cambió su postura. La verdadera sorpresa llegó el 9 de agosto de 1945, cuando el Ejército Rojo atacó Manchuria y destruyó al ejército japonés en pocos días. Este hecho, sumado al temor de que la Unión Soviética interviniera en el futuro del país y destruyera a la Familia Imperial, llevó finalmente al Emperador Hirohito a anunciar la rendición incondicional.
Según Murillo, ni las bombas ni la presión de Estados Unidos fueron los únicos factores decisivos. La rendición japonesa estuvo fuertemente influenciada por la acción soviética y la necesidad de proteger la monarquía frente a un posible dominio soviético.
El debate sobre lo que realmente motivó la rendición de Japón sigue abierto, pero la historia apunta a que la invasión de Manchuria fue el factor que inclinó la balanza, más allá del impacto nuclear.
