Tercera Modernidad
Luis Adalberto Maury Cruz
lmaury_cruz@hotmail.com
Toda gran transformación histórica produce una disputa sobre el alma de la civilización. La Revolución Industrial confrontó capital y trabajo; la modernidad política tensionó soberanía y libertad; el siglo XX libró guerras ideológicas entre liberalismo, comunismo y fascismo. Empero, la disputa de nuestro tiempo ya no se reduce exclusivamente a territorios, mercados o recursos naturales: se libra sobre el control de la inteligencia artificial (IA), los datos, los algoritmos y las tecnologías capaces de reorganizar integralmente la experiencia humana. La pregunta decisiva del siglo XXI ya no consiste únicamente en quién gobierna, sino en quién programa la realidad.
Este conflicto ocurre dentro de un contexto histórico específico, denominado en trabajos anteriores como Tercera Modernidad: una fase civilizatoria caracterizada por la convergencia de tres procesos estructurales: multipolaridad geopolítica, revolución tecnológica y choques civilizatorios.
El presente ensayo propone una interpretación heurística de la actual transición sistémica global, conceptualizada como Tercera Modernidad. Entendida aquí como categoría interpretativa de una transición histórica efectiva, más que como periodización cerrada, esta noción no pretende describir un corte histórico absoluto ni un determinismo lineal, sino ofrecer un marco capaz de articular fenómenos frecuentemente analizados de manera fragmentaria: la reorganización del poder internacional, la aceleración tecnológica, la erosión del orden unipolar y la reconfiguración de matrices culturales y civilizatorias.
En este contexto surge una cuestión central: ¿qué tipo de orden humano y civilizatorio emerge cuando la IA redefine simultáneamente el poder, la soberanía tecnológica y la dignidad humana dentro de un mundo multipolar?
Notas sobre las modernidades
La Primera Modernidad estuvo marcada por la consolidación del Estado-nación, el racionalismo ilustrado y la hegemonía europea entre los siglos XVI y XX. La Segunda Modernidad emergió con la industrialización avanzada, las guerras mundiales y la bipolaridad ideológica del siglo XX, culminando en la unipolaridad estadounidense tras el final de la Guerra Fría.
La Tercera Modernidad, en cambio, se caracteriza por la erosión relativa del orden unipolar occidental, el ascenso de nuevas potencias —particularmente China como rival tecnológico sistémico y Rusia como actor estratégico-militar híbrido—, la reorganización del poder derivada de tecnologías críticas y el retorno de narrativas civilizatorias que desafían la universalización política, económica y cultural del denominado Occidente Colectivo, entendido como el entramado político, económico y estratégico liderado por Estados Unidos y sus aliados atlánticos.
El orden neoliberal internacional se encuentra sometido a tensiones múltiples. La hegemonía occidental ya no opera bajo condiciones plenamente unipolares. China emerge como potencia económica y tecnológica con creciente capacidad sistémica para disputar el liderazgo científico-industrial occidental, particularmente en IA, telecomunicaciones, manufactura avanzada y tecnologías duales. Rusia, aunque carece de liderazgo comparable en IA comercial o semiconductores avanzados, mantiene un papel central mediante capacidades energéticas, militares, cibernéticas y geopolíticas de alta complejidad, especialmente relevantes para el equilibrio euroasiático. India amplía progresivamente sus capacidades geoeconómicas, mientras diversos bloques regionales intentan reposicionarse dentro de un sistema internacional crecientemente fragmentado (Jalife-Rahme, 2019).
La multipolaridad contemporánea no implica una distribución simétrica del poder, sino una redistribución conflictiva y desigual de capacidades. La multipolaridad tecnológica tampoco elimina hegemonías parciales; redistribuye ventajas estratégicas bajo condiciones asimétricas. En este terreno, Estados Unidos conserva posiciones decisivas en diseño avanzado de semiconductores, software estratégico, IA de frontera y ecosistemas de innovación. Empresas como NVIDIA, AMD, Google, Microsoft y OpenAI continúan liderando segmentos críticos de la infraestructura algorítmica global.
Taiwán concentra una proporción decisiva de la manufactura mundial de chips avanzados, particularmente mediante Taiwan Semiconductor Manufacturing Company (TSMC), convertida en nodo geoestratégico de la economía digital global. Ello transforma el estrecho de Taiwán en un punto crítico para la estabilidad económica, tecnológica y estratégica del siglo XXI (Stanford Institute for Human-Centered Artificial Intelligence [Stanford HAI], 2025; Center for Strategic and International Studies [CSIS], 2025).
China, entretanto, acelera políticas de autonomía tecnológica destinadas a reducir dependencias externas mediante inversiones masivas en IA, telecomunicaciones, computación cuántica, semiconductores y cadenas críticas de suministro. Buena parte de esta estrategia responde a las restricciones estadounidenses sobre exportación de chips avanzados, maquinaria litográfica y componentes estratégicos.
La competencia tecnológica ya no puede entenderse exclusivamente como rivalidad económica. Diversos estudios muestran que Estados Unidos y China concentran buena parte de la inversión global en IA, el desarrollo de modelos avanzados y la producción científica estratégica, mientras Taiwán mantiene una posición casi monopólica en segmentos decisivos de manufactura avanzada de chips (Stanford HAI, 2025; CSIS, 2025).
La disputa por semiconductores, nube computacional, satélites, minería de datos, IA y plataformas digitales evidencia que la tecnología ha dejado de ser únicamente motor económico para convertirse en infraestructura esencial del poder geopolítico contemporáneo. El control de sistemas digitales, cadenas críticas de suministro y arquitecturas algorítmicas configura nuevas formas de soberanía (Karp & Zamiska, 2025).
La Tercera Modernidad expresa, en consecuencia, un desplazamiento del poder global hacia configuraciones multipolares donde la tecnología crítica se convierte en factor decisivo de soberanía. Alfredo Jalife-Rahme sostiene que la crisis de la globalización financierista y el ascenso de potencias emergentes configuran una nueva disputa entre polos civilizatorios, dentro de la cual la IA tenderá a reorganizar las jerarquías internacionales del poder (Jalife-Rahme, 2019). Desde esta perspectiva, China representa un rival tecnológico sistémico, mientras Rusia opera principalmente como actor estratégico-militar híbrido.
En Medio Oriente, Irán reconfigura parcialmente el equilibrio regional al consolidarse como actor estratégico con capacidad de disputa indirecta frente a Israel y Estados Unidos, especialmente en dimensiones energéticas, militares y de influencia regional. La multipolaridad, por tanto, no implica equilibrio, sino redistribución conflictiva del poder.
La actual revolución tecnológica carece de precedentes históricos. IA, biotecnología, automatización, computación cuántica, guerra algorítmica, minería de datos y plataformas digitales transforman simultáneamente economía, seguridad, subjetividad y soberanía. Las tecnologías críticas han dejado de ser simples instrumentos de desarrollo para convertirse en factores estructurales de poder (Karp & Zamiska, 2025). Quien controle semiconductores, IA, energía, satélites, sistemas de vigilancia y plataformas digitales ejercerá una forma inédita de soberanía sobre el siglo XXI.
Magnifica Humanitas, The Technological Republic y Zero to One: los dilemas civilizatorios de la inteligencia artificial
En este escenario adquieren relevancia la reciente encíclica del papa León XIV, Magnifica Humanitas, así como las obras The Technological Republic de Alexander Karp y Zero to One de Peter Thiel. Los tres textos dialogan —desde posiciones profundamente distintas— con los dilemas centrales de esta Tercera Modernidad y expresan preocupaciones divergentes acerca del futuro de la tecnología, la soberanía y la condición humana.
La encíclica de León XIV constituye uno de los primeros esfuerzos sistemáticos recientes de la Iglesia católica por comprender la IA como un problema civilizatorio y no meramente técnico. Si Rerum Novarum respondió a las contradicciones humanas derivadas de la industrialización, Magnifica Humanitas intenta responder a las tensiones antropológicas generadas por la revolución algorítmica (León XIV, 2026).
La advertencia de León XIV resulta especialmente significativa: la tecnología nunca es moralmente neutra. Detrás de cada algoritmo existe una estructura de poder; detrás de cada automatización opera una decisión ética, política y antropológica. El riesgo contemporáneo consiste en que la persona humana sea reducida a dato, consumidor o variable estadística, erosionando progresivamente la dignidad humana bajo formas tecnocráticas de racionalización (León XIV, 2026, caps. III–IV).
La preocupación central de León XIV expresa uno de los dilemas fundamentales de la Tercera Modernidad: el posible desplazamiento de la dignidad humana por racionalidades tecnológicas crecientemente autónomas. Desde esta perspectiva, la IA debe permanecer subordinada al servicio de la persona y no convertirse en instrumento de concentración extrema del poder político, económico o militar.
Frente a esta postura ética emerge otra racionalidad, representada por Alexander Karp, cofundador de Palantir Technologies, quien sostiene una tesis sustancialmente distinta: el verdadero peligro histórico no reside en el exceso tecnológico, sino en la incapacidad de las democracias occidentales para mantener superioridad tecnológica frente a rivales sistémicos (Karp & Zamiska, 2025).
En una era multipolar, sostiene implícitamente Karp, la neutralidad tecnológica equivale a subordinación geopolítica. La competencia contemporánea ya no ocurre exclusivamente mediante fuerza militar convencional, sino a través de IA, sistemas autónomos, ciberseguridad, capacidades híbridas, guerra algorítmica y minería masiva de datos. La tecnología deja entonces de ser un simple motor económico para convertirse en cuestión de supervivencia estratégica y soberanía civilizatoria.
De acuerdo con el Stockholm International Peace Research Institute (SIPRI), las grandes potencias han incrementado sostenidamente sus inversiones en defensa tecnológica, IA aplicada a seguridad y sistemas autónomos de combate. Los presupuestos destinados a investigación militar vinculada con computación avanzada, drones inteligentes, ciberseguridad e infraestructura satelital evidencian una creciente convergencia entre poder militar y capacidad algorítmica (Stockholm International Peace Research Institute [SIPRI], 2025).
Asimismo, las restricciones impuestas por Estados Unidos a empresas tecnológicas chinas respecto al acceso a semiconductores avanzados, software de diseño y maquinaria de litografía muestran que la disputa tecnológica ya funciona como mecanismo explícito de contención geopolítica. El control de chips de alta gama y capacidades de cómputo se ha convertido en un factor comparable al control de recursos energéticos estratégicos durante el siglo XX (Karp & Zamiska, 2025).
En esta línea, Jalife-Rahme advierte que la disputa contemporánea ya no se concentra exclusivamente en petróleo o capacidad militar convencional, sino también en el control de plataformas tecnológicas, minerales estratégicos, semiconductores, IA y cadenas críticas de suministro. La geopolítica de los recursos adquiere una dimensión inédita cuando el litio, las tierras raras y los sistemas digitales se convierten en insumos indispensables de la economía algorítmica (Jalife-Rahme, 2022).
La tercera visión proviene de Peter Thiel, también cofundador de Palantir Technologies. En Zero to One, su preocupación no es primordialmente ética ni estrictamente geopolítica, sino económica y civilizatoria: evitar el estancamiento tecnológico de Occidente. Thiel reivindica el papel del innovador excepcional y del emprendedor capaz de producir discontinuidades históricas. El motor del progreso no residiría exclusivamente en la burocracia estatal, sino en minorías creativas capaces de construir monopolios tecnológicos disruptivos, transformar mercados enteros y redefinir sectores completos de la economía (Thiel & Masters, 2014).
Aquí emerge otra contradicción esencial de la Tercera Modernidad: el mismo ecosistema tecnológico que promete innovación también puede producir nuevas aristocracias digitales. Quien concentra plataformas, algoritmos, datos y capacidad computacional no sólo acumula capital económico; adquiere poder efectivo para reorganizar la experiencia social, influir sobre decisiones colectivas y modelar comportamientos.
La dominación, por tanto, ya no opera exclusivamente mediante coerción visible; también funciona mediante predicción conductual, modulación algorítmica y captura de atención. La capacidad de anticipar preferencias, influir en elecciones y administrar comportamientos se convierte en una nueva forma de poder difuso, particularmente visible en el capitalismo digital contemporáneo. Como ha señalado Shoshana Zuboff, el capitalismo de vigilancia transforma la experiencia humana en materia prima para procesos de extracción de datos, predicción y modificación conductual (Zuboff, 2019).
En este punto emerge una tensión fundamental de la Tercera Modernidad. La tensión entre las perspectivas de León XIV, Karp y Thiel adquiere pleno sentido histórico. León XIV teme la deshumanización tecnológica (León XIV, 2026); Karp advierte sobre la pérdida de superioridad estratégica occidental (Karp & Zamiska, 2025); Thiel teme el estancamiento de la innovación (Thiel & Masters, 2014). Los tres observan dimensiones distintas —aunque parcialmente convergentes— de un mismo proceso histórico: la disputa por la arquitectura política, económica y moral del futuro tecnológico.
Los choques civilizatorios
La disputa tecnológica contemporánea no ocurre en un vacío cultural. Estados Unidos, China, Rusia, Europa, el islam político y otras potencias regionales no representan únicamente intereses nacionales; también expresan tradiciones históricas, filosóficas, religiosas e institucionales divergentes sobre autoridad, libertad, comunidad, humanidad, Estado y tecnología.
Sin asumir determinismos culturales rígidos, las matrices civilizatorias continúan influyendo en las formas institucionales y tecnológicas. Las arquitecturas digitales, los marcos regulatorios, la gobernanza algorítmica e incluso las prioridades de investigación científica reflejan, al menos parcialmente, tradiciones políticas y antropológicas diferenciadas. La IA desarrollada bajo coordenadas liberales anglosajonas no necesariamente responde a los mismos principios normativos que aquella diseñada desde lógicas confuciano-estatales, euroasiáticas o islámicas. La tecnología, por tanto, nunca es completamente neutra: expresa prioridades políticas, estructuras institucionales y visiones diferenciadas de lo humano.
La colonización algorítmica de América Latina
América Latina enfrenta los dilemas de la Tercera Modernidad desde una posición particularmente vulnerable. La región posee recursos estratégicos —litio, cobre, gas, biodiversidad, petróleo, agua dulce y determinadas reservas de tierras raras—; sin embargo, carece de autonomía tecnológica significativa. Extrae recursos críticos, pero importa IA; consume plataformas digitales, pero no controla algoritmos; produce grandes volúmenes de datos, pero no soberanía digital. El riesgo latinoamericano ya no consiste exclusivamente en la dependencia económica clásica, sino en el surgimiento de una nueva forma de subordinación estructural: la colonización algorítmica.
El concepto alude a una dependencia tecnológica, cognitiva y económica caracterizada por la subordinación de ecosistemas digitales locales a arquitecturas tecnológicas externas. Implica dependencia de plataformas globales, ausencia de infraestructura computacional propia, escasa producción de modelos avanzados de IA, dependencia de semiconductores importados, limitada soberanía sobre datos estratégicos y subordinación regulatoria frente a corporaciones tecnológicas extranjeras.
La advertencia adquiere especial relevancia dentro del pensamiento geopolítico de Alfredo Jalife-Rahme, quien ha insistido en que América Latina corre el riesgo de quedar atrapada en una renovada subordinación geoeconómica si continúa exportando materias primas mientras permanece dependiente de capacidades tecnológicas exógenas. La dependencia del siglo XXI ya no sería exclusivamente industrial o financiera; sería también tecnológica, digital y cognitiva (Jalife-Rahme, 2022).
La región podría convertirse en proveedora indispensable de insumos materiales críticos de la revolución tecnológica global —litio, cobre, tierras raras o energía— sin participar sustantivamente en el diseño de plataformas, arquitecturas algorítmicas, semiconductores, modelos fundacionales de IA o sistemas de gobernanza digital.
De acuerdo con informes de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), la región continúa rezagada en inversión científica, infraestructura digital avanzada, producción de patentes tecnológicas y desarrollo de IA de frontera. Mientras Estados Unidos y China concentran buena parte de la inversión global en IA, América Latina permanece fundamentalmente como consumidora tecnológica y proveedora de materias primas estratégicas (CEPAL, 2024).
El contraste resulta particularmente visible en materia de semiconductores. América Latina posee recursos minerales indispensables para la economía digital, pero prácticamente carece de capacidad significativa de diseño y manufactura de chips avanzados. En contraste, Estados Unidos mantiene liderazgo en diseño tecnológico de frontera; Taiwán concentra segmentos decisivos de manufactura avanzada, mientras China acelera procesos de autosuficiencia tecnológica para reducir vulnerabilidades geopolíticas. La nueva geopolítica tecnológica evidencia que poseer materias primas ya no garantiza capacidad de decisión si no se controlan los sistemas que las transforman en valor agregado.
La consecuencia más profunda de este proceso radica en el riesgo de poseer recursos estratégicos sin controlar las tecnologías críticas que les otorgan valor. Ello podría traducirse en dependencia económica ampliada, vulnerabilidad geopolítica, pérdida progresiva de soberanía digital y transferencia constante de valor agregado hacia centros tecnológicos externos.
La disputa latinoamericana ya no consiste únicamente en decidir si participar o no en la revolución tecnológica, sino en determinar cómo construir capacidades propias de soberanía científica, ética y tecnológica dentro de un entorno multipolar crecientemente fragmentado. La cuestión decisiva no es solamente económica: es profundamente política y civilizatoria. ¿Será América Latina sujeto estratégico de la transformación tecnológica o simple periferia funcional de poderes externos?
Algunas conclusiones
El desafío histórico de la Tercera Modernidad parece exigir una síntesis compleja: innovación tecnológica sin deshumanización; soberanía estratégica sin militarismo absoluto; multipolaridad sin guerra civilizatoria y crecimiento económico sin concentración oligárquica extrema.
La IA ya ha comenzado a transformar el mundo. Empero, la disputa decisiva de nuestra época no consiste únicamente en acelerar la innovación tecnológica, sino en determinar quién gobernará el sentido moral, geopolítico y civilizatorio de dicha transformación.
La Tercera Modernidad no representa simplemente un conflicto por recursos estratégicos o supremacía tecnológica; expresa una lucha más profunda por la configuración antropológica, ética y política del futuro humano. En este escenario, la tensión entre León XIV, Karp y Thiel deja de ser únicamente una divergencia intelectual para convertirse en espejo de las contradicciones fundamentales del siglo XXI: ética frente a poder, innovación frente a concentración y soberanía frente a dependencia.
Los dilemas contemporáneos no admiten respuestas simples. La aceleración tecnológica promete prosperidad, pero también incrementa capacidades inéditas de vigilancia, manipulación y concentración del poder. La multipolaridad abre márgenes de autonomía frente a hegemonías globales, aunque también amplifica rivalidades estratégicas y riesgos de fragmentación sistémica. La IA, por tanto, no constituye únicamente un instrumento técnico: representa un campo de disputa sobre la definición misma de humanidad, libertad y orden político.
Para América Latina, la lección resulta particularmente clara: la abundancia de recursos estratégicos no garantiza soberanía. Sin capacidad científica, tecnológica y ética propia, la región corre el riesgo de convertirse simultáneamente en indispensable para la revolución tecnológica global y periférica en la definición de sus reglas, beneficios y horizontes civilizatorios.
La cuestión decisiva de la Tercera Modernidad ya no consiste únicamente en quién posee recursos o domina mercados, sino en quién diseña algoritmos, controla infraestructura tecnológica y define las reglas morales de la nueva arquitectura del poder global. El siglo XXI podría decidirse cada vez más no sólo en los campos de batalla tradicionales, sino también en laboratorios de IA, fábricas de semiconductores, redes satelitales, centros de datos y sistemas de gobernanza digital.
Referencias
Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL). (2024). Transformación digital en América Latina y el Caribe: Oportunidades y desafíos para el desarrollo productivo. Naciones Unidas.
Center for Strategic and International Studies (CSIS). (2025). The geopolitics of semiconductor supply chains. CSIS.
Jalife-Rahme, A. (2019). Nacionalismo contra globalización: Dicotomía del siglo XXI antes de la inteligencia artificial. Orfila Valentini.
Jalife-Rahme, A. (2022). El litio y su dimensión geopolítica: Implicaciones para México y el triángulo sudamericano Bolivia/Argentina/Chile. Orfila Valentini.
Karp, A., & Zamiska, N. (2025). The technological republic: Hard power, soft belief, and the future of the West. Crown Currency.
León XIV. (2026, 15 de mayo). Magnifica Humanitas: Sobre la custodia de la persona humana en el tiempo de la inteligencia artificial [Carta encíclica]. Santa Sede.
Stanford Institute for Human-Centered Artificial Intelligence. (2025). AI Index Report 2025. Stanford University.
Stockholm International Peace Research Institute (SIPRI). (2025). SIPRI military expenditure database.
Thiel, P., & Masters, B. (2014). Zero to one: Notes on startups, or how to build the future. Crown Business.
Zuboff, S. (2019). The age of surveillance capitalism: The fight for a human future at the new frontier of power. PublicAffairs.
