Se conmemora el Día de la Libertad de Expresión y, como contador público, no puedo evitar hacer una reflexión que va más allá de los discursos y las felicitaciones.
Siempre he pensado que un verdadero periodista es quien investiga, documenta, verifica y tiene el valor de exponer la verdad ante la sociedad, aunque esa verdad incomode al poder político, económico o social. Su función no debería ser agradar a nadie, sino informar con responsabilidad y permitir que la ciudadanía forme su propio criterio.
Sin embargo, resulta preocupante observar cómo algunos medios y comunicadores terminan enfrentándose entre sí, acusándose mutuamente de vender líneas editoriales, de responder a intereses particulares o de contar únicamente la versión de quien mejor paga. Cuando la información se convierte en mercancía, la confianza pública se deteriora y la sociedad termina sin saber dónde está la verdad.
También llama la atención que existan organismos, asociaciones y mecanismos creados para la defensa del gremio periodístico que, en ocasiones, parecen alejarse de su objetivo original. Algunas de estas estructuras corren el riesgo de convertirse en burocracias costosas, más preocupadas por su propia permanencia que por proteger realmente la libertad de expresión y el ejercicio periodístico.
Como contador, estoy acostumbrado a revisar documentos, evidencias, números y trazabilidad. Por eso me cuesta entender que en muchas ocasiones se exijan pruebas a todos, excepto a quienes informan. La credibilidad no debería sustentarse en simpatías políticas, seguidores o conveniencias económicas, sino en hechos verificables.
La libertad de expresión es indispensable para cualquier democracia, pero también lo es la responsabilidad de informar con honestidad. Un periodista no debería ser un mercenario de la información ni un vocero disfrazado de comunicador. De la misma manera, la sociedad tampoco debería aceptar como verdad absoluta todo aquello que coincide con sus preferencias ideológicas.
Quizá el verdadero reto no sea defender la libertad de expresión solamente un día al año, sino recuperar la confianza en la información todos los días. Porque cuando la verdad tiene precio, quien termina pagando la factura es todo el país.
Los leo sin hipocrecias
