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De la Redacción 

El Buen Tono 

ORIZABA.- A lo largo del Paseo del Río, cientos de visitantes observan leones, tigres, jaguares, coyotes, monos y decenas de especies silvestres bajo el argumento de que se encuentran en una Unidad de Manejo para la Conservación de la Vida Silvestre (UMA). Sin embargo, al recorrer el lugar se ve una realidad distinta. 

Ejemplares con conductas repetitivas como caminar en círculos largos periodos, balancear constantemente la cabeza o recorrer una y otra vez el mismo espacio. En etología, la ciencia que estudia el comportamiento animal, estas conductas reciben el nombre de estereotipias, uno de los principales indicadores de estrés crónico y deterioro del bienestar en animales en cautiverio.

Un jaguar perdió parte de su cola, el caso evidenció un problema de diseño en los recintos destinados a grandes felinos. La cola no es ornamental, es parte de su equilibrio, estabilidad y movilidad, por lo que su pérdida es una afectación permanente.

El episodio dejó al descubierto que la infraestructura no contemplaba adecuadamente la interacción entre depredadores de gran tamaño.

La legislación mexicana establece que las UMAs son creadas para contribuir a la conservación, recuperación y aprovechamiento sustentable de la vida silvestre. En los proyectos exitosos del país, la prioridad es reproducir las condiciones naturales de cada especie, disminuir el contacto con personas y, cuando las condiciones lo permiten, preparar a los ejemplares para su eventual reintroducción.

Los programas de recuperación del lobo gris mexicano en Sonora mantienen a los animales aislados del contacto humano para conservar su comportamiento silvestre.

En la Reserva de la Biosfera El Vizcaíno, en Baja California Sur, el berrendo peninsular se desarrolla en extensiones de hábitat natural donde puede desplazarse libremente, condición indispensable para su recuperación.

Mientras las UMAs de conservación diseñan sus instalaciones pensando primero en las necesidades biológicas de los animales, la UMA de Orizaba fue integrada a un corredor turístico urbano donde el ruido permanente, la cercanía del público y el espacio disponible condicionan la vida de los ejemplares.

Quizá la mayor evidencia de las carencias estructurales en Orizaba no está en una jaula en particular, sino en la comparación con los proyectos que sí han demostrado éxito en México. Mientras otras UMAs miden buena parte de sus resultados por la conservación, la rehabilitación y, cuando es posible, la reincorporación de ejemplares a su hábitat natural, aquí la prioridad parece concentrarse en el flujo de visitantes y el atractivo turístico del paseo. Esa diferencia termina reflejándose en la calidad de vida de los animales.

Diversos estudios científicos han documentado que las estereotipias aparecen cuando los animales carecen de espacio suficiente, enriquecimiento ambiental o estímulos de su comportamiento natural.

Organizaciones internacionales como la Asociación Mundial de Zoológicos y Acuarios (WAZA) y la Asociación Latinoamericana de Parques Zoológicos y Acuarios (ALPZA) consideran que la presencia persistente de estas conductas constituye un indicador de que el bienestar animal debe ser evaluado y mejorado. En Orizaba, esos comportamientos pueden observarse a simple vista por cualquier visitante.

Nadie discute que muchos de los animales llegaron decomisados por la autoridad ambiental o fueron rescatados de particulares que los mantenían ilegalmente.

¿Debe una UMA conformarse con mantener vivos a los ejemplares o tiene la obligación de garantizarles condiciones compatibles con su comportamiento natural? Porque Orizaba no lo hace.

Mientras esa pregunta sigue sin responderse, el coyote continúa recorriendo el mismo trayecto una y otra vez, el león repite su movimiento durante horas y el jaguar mutilado permanece como el recordatorio permanente de que la conservación no puede reducirse únicamente a alimentar animales detrás de una reja.

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