AGENCIA
CDMX.- Lo que durante el Mundial de 2026 fue presentado como un atractivo turístico y cultural para embellecer el Centro Histórico de la Ciudad de México terminó convertido en un símbolo del desperdicio de recursos públicos. Un total de 61 figuras monumentales de ajolotes fueron abandonadas en la Plaza Tlaxcoaque, sin vigilancia, protección ni explicación por parte de las autoridades capitalinas.
Las esculturas, que formaron parte del Fan Fest y llamaron la atención de miles de visitantes por sus diseños coloridos, fueron retiradas del primer cuadro de la ciudad y apiladas frente al Templo de la Inmaculada Concepción, donde permanecen expuestas al sol, la lluvia y posibles actos vandálicos.
La imagen ha provocado críticas entre ciudadanos, quienes cuestionan la falta de planeación para el destino de piezas cuya fabricación, traslado e instalación implicaron una inversión de recursos públicos. Aunque el Gobierno de la Ciudad de México promovió estas figuras como parte del legado visual del Mundial, hasta ahora no ha informado qué dependencia será responsable de su resguardo ni cuál será su destino definitivo.
Además del evidente abandono, la improvisada colocación de los ajolotes afecta las actividades que regularmente se realizan en la Plaza Tlaxcoaque. Durante las noches, colectivos culturales y grupos de danza mexica utilizan ese espacio para preservar tradiciones ancestrales, por lo que la presencia de las esculturas limita el uso habitual del lugar.
Hasta este lunes, ninguna autoridad capitalina ha emitido una postura oficial sobre el manejo de las figuras, alimentando los cuestionamientos sobre si la inversión realizada terminará deteriorándose a la intemperie en lugar de ser aprovechada en espacios culturales o recreativos para beneficio de la ciudadanía.
¿Cuánto costaron estos ajolotes y quién va a responder por tenerlos abandonados? La transparencia también debería formar parte del legado del Mundial.
Si hubo dinero para fabricarlos e instalarlos, también debió existir un plan para conservarlos o reubicarlos. La improvisación termina costando millones a los ciudadanos.
En lugar de dejarlos deteriorarse, podrían exhibirse en parques, museos o espacios públicos donde realmente beneficien a la ciudadanía. Así se aprovecha una inversión pública.
