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Alejandro Aguilar

El Buen Tono

Córdoba.- El celular no es solo una distracción, es un detonante químico de adicción que afecta por igual a menores y adultos. La psicóloga Gabriela Naranjos Martínez, de Yolohimiyotl, AC, sentencia: “el uso excesivo y sin supervisión en los niños sí es contraproducente”. La medida de prohibición en primarias y secundarias encuentra respaldo entre especialistas, pero el periodo vacacional expone a los menores a horas sin filtro frente a las pantallas, justo cuando las familias, por comodidad o falta de tiempo, dejan los dispositivos en sus manos sin control alguno.

Naranjos explica que el cerebro de un niño en edad escolar no tiene la madurez suficiente para procesar el estímulo constante de una pantalla. “Nos genera esa sustancia que se llama dopamina”, afirma, y ese placer instantáneo conduce a que “personas o adolescentes pasen horas en el celular”. En adultos, el resultado es la postergación de obligaciones: “contribuye a la procrastinación”, dice la especialista, y provoca desvelos que merman el rendimiento laboral al día siguiente. 

Los adolescentes llegan a la escuela con desgaste energético, y los adultos, al trabajo, con la misma incapacidad para concentrarse.

Más allá del bajo rendimiento, el acceso sin control expone a los niños a contenido “muy brusco, muy tosco”, como violencia o pornografía, para lo cual no están preparados. 

También facilita el acoso escolar: “pueden grabar a alguien de sus compañeros y evidenciarlos para hacer bullying”, advierte Naranjos. La prohibición en escuelas es un acierto, según la psicóloga, porque evita que los alumnos se sienten atrás a ver redes sociales en lugar de atender al profesor, y porque elimina la posibilidad de grabar a compañeros sin su consentimiento.

El problema se agrava en vacaciones. Lo que en el aula se regula con la veda de celulares, en casa se descontrola por completo. Los padres, inmersos en su adicción a las notificaciones y el desplazamiento infinito de pantallas, no ponen el ejemplo ni establecen horarios. 

La solución no es solamente la norma escolar, sino el límite familiar estricto. El celular es una herramienta útil para investigar o comunicarse, pero su abuso tiene consecuencias neurológicas y sociales que ya no se pueden ignorar. La supervisión de tutores es innegociable, y la responsabilidad no termina en el portón de la escuela.

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