DE LA REDACCIÓN
EL BUEN TONO
AMATLÁN DE LOS REYES.- Detrás de los muros del penal de mediana seguridad de La Toma hay una historia que difícilmente encaja con la imagen de un hombre simplemente privado de su libertad.
Desde hace aproximadamente un año, el sacerdote Mario Fernández Montalvo permanece en prisión preventiva, mientras espera que se resuelva su situación jurídica. Pero incluso tras las rejas, su ministerio no se ha detenido.
Todos los días ofrece misa a los internos. En un lugar marcado por el encierro, la incertidumbre y la soledad, el sacerdote encontró una manera de continuar con aquello que, asegura, ha guiado su vida: servir a los demás. Su historia sacerdotal no comenzó de manera convencional.
Mario Fernández Montalvo es el noveno de once hermanos. Creció en una familia de clase media; su padre fue tablajero y su madre se dedicó al hogar. Antes de vestir los hábitos, estudió Ingeniería Química y trabajó durante tres años en la planta nuclear de Laguna Verde como ingeniero de pruebas relacionadas con desechos radiactivos.
La vocación sacerdotal, sin embargo, permaneció presente. Uno de sus hermanos, Antonio Fernández Montalvo, ya era sacerdote y fue precisamente quien le recomendó estudiar una carrera profesional antes de ingresar al seminario, para comprobar si realmente tenía vocación religiosa.
Mario lo hizo. Trabajó, estudió y tuvo una vida profesional antes de tomar una decisión que cambiaría completamente su rumbo. Después de un noviazgo en el que también estuvo presente la actividad religiosa, decidió ingresar al seminario. El camino lo llevó primero al diaconado y posteriormente a la ordenación sacerdotal, a los 42 años, convirtiéndose en un sacerdote de vocación tardía.
Pero su historia dentro de la Iglesia tendría además otra particularidad. Durante su formación y posteriormente como sacerdote, encontró en el acompañamiento espiritual y en los exorcismos una parte importante de su ministerio. Su acercamiento a esta práctica ocurrió entre 1998 y 2000, cuando estuvo en Soledad de Doblado y conoció al padre Castro Simón, a quien identificó como exorcista de la diócesis.
Fue entonces cuando, según su propio testimonio, descubrió una segunda vocación: la de exorcista. Con el paso de los años obtuvo la autorización eclesiástica para desempeñar esa labor y, de acuerdo con su relato, llegó a practicar alrededor de 150 exorcismos.
La mayoría correspondieron a casos que él identifica como vejación, mientras que otros estuvieron relacionados con opresión u obsesión. De acuerdo con su testimonio, solamente atendió un caso que consideró de posesión demoníaca.
Más allá de las creencias que rodean esta práctica, el sacerdote asegura que su trabajo siempre estuvo ligado al acompañamiento de personas que acudían en busca de ayuda espiritual.
Ahora acompaña a los internos. La prisión interrumpió temporalmente su trabajo fuera del penal, pero no su vocación. Dentro de La Toma, el padre Mario continúa con actividades religiosas y de acompañamiento espiritual. Celebra misa todos los días y también realiza dirección espiritual personal, oración, liberación y sanación.
Incluso participa en actividades relacionadas con la atención de espacios del penal donde, según su propia percepción, algunos internos consideran que existen presencias o situaciones que requieren acompañamiento religioso.
Pero su labor no se limita a lo espiritual. También ha buscado brindar apoyo material y humano a los internos que lo necesitan. En medio de un proceso judicial que mantiene en pausa su vida fuera de prisión, el sacerdote encontró dentro de la propia cárcel una nueva comunidad a la cual servir.
Su situación jurídica permanece pendiente de resolución y se encuentra a la espera de un posible cambio de medidas cautelares que le permita continuar su actividad pastoral fuera del penal.
Mientras tanto, permanece en La Toma. Paradójicamente, el hombre que durante años acudió a comunidades para escuchar, orientar y acompañar a personas que atravesaban momentos difíciles, hoy enfrenta su propia prueba detrás de los muros de una prisión.
Y aun así, todos los días vuelve a ponerse frente a otros internos para celebrar misa. No tiene una parroquia. No tiene una sacristía. No tiene libertad. Tiene, sin embargo, un altar dentro de la prisión y una comunidad que cada día espera escucharlo.
Para sus seguidores, el padre Mario no dejó de ser sacerdote por estar privado de su libertad. Al contrario: consideran que su labor dentro de La Toma representa una muestra de que incluso en los lugares más difíciles puede existir un espacio para la fe, la esperanza y el acompañamiento.
Mientras espera que su situación jurídica se defina, el sacerdote continúa haciendo lo que, según su propia historia, decidió hacer hace décadas: servir.
