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De política y cosas peores

Superiberia

“¿Por qué no te quedas a dormir conmigo?”. Esa sugestiva invitación le hizo Susiflor, muchacha pizpireta, a Pascualino, devoto joven perteneciente a la Cofradía de Cofrades. De inmediato el piadoso mancebo se levantó de su silla y abandonó el departamento de la chica. Susiflor se quedó muy apenada. Su intención había sido buena al invitar a Pascualino a pasar la noche ahí, pues era ya muy tarde, hacía un frío glacial y llovía copiosamente. Pensó que de seguro había ofendido el pudor y virtud de su amigo. En eso sonó el timbre de la puerta. Era Pascualino, empapado de pies a cabeza por la lluvia y temblando como azogado por el frío. “¿Por qué te fuiste?” -le preguntó, asombrada, Susiflor-. ¿Acaso te ofendí al pedirte que te quedaras a dormir conmigo?”. “No -explicó el piadoso joven-. Fui a traer mi piyama”. Doña Galina pasó de este mundo al otro, y llegó ante las puertas del Cielo. (Tiene tres: una muy pequeña para la clase fifí; otra mediana para los aspiracionistas y la tercera, de tamaño grande, para el pueblo bueno y sabio). Doña Galina no podía creer su buena ventura. ¿Qué había hecho ella para merecer tamaña recompensa? No; aquello no podía ser el Cielo. En eso se apareció San Pedro. “Perdone, señor -le preguntó la recién llegada-. ¿Está aquí un hombre llamado Renecio Jodínez? Fue mi marido en la otra vida”. El apóstol de las llaves consultó su libro y respondió: “No hay aquí nadie de ese nombre”. “¿Entonces sí es el Cielo!” -exclamó doña Galina al tiempo que entraba alegremente en la morada celestial. Si Manuel Bartlett me dice que 2 más 2 son 4 iré de inmediato a mi calculadora a corroborar su dicho. Si con luz de sol Bartlett me dice que es de día me asomaré a la ventana a fin de asegurarme de que no es de noche. Si Bartlett me dice que el agua del mar es salada la probaré varias veces antes de dar por cierta su aseveración. A ese señor no le creo ni el Bendito, como decía la gente de antes para aludir a un mentiroso. Pienso que no hay actualmente en el país un político en activo más desacreditado que él. Nadie confía en lo que dice ni en lo que hace. Desde que se le cayó el sistema, Bartlett se cayó junto con él. Nadie se explica por qué el Presidente lo puso dónde está, y por qué a pesar de tantas cosas de  peso lo mantiene ahí. Casos como ése dan pábulo a la especulación. En situación muy diferente está Miguel Riquelme, gobernador de Coahuila, mi estado natal. La gente cree en él. Su manera de ser y su labor le han ganado el respeto de los coahuilenses y su confianza, según se vio en las urnas el pasado día 6. Por eso Bartlett incurrió en craso error político cuando en forma mendaz, o sea con falsedad e insidia, negó su responsabilidad moral en el doloroso accidente que causó la muerte de siete mineros del carbón, e intentó en modo al mismo tiempo mañoso y desmañado trasladar esa responsabilidad al gobernante coahuilense, siendo que todo lo relativo a la minería y la electricidad conciernen exclusivamente a la federación. Cuando Bartlett dice que las afirmaciones de Riquelme no merecen respuesta es porque no tiene ninguna para invalidar los justos y verdaderos señalamientos que hace el gobernador de Coahuila. Yo también me pregunto cuál será la próxima mentira de Bartlett. Dulcilí fue a la consulta del doctor Ken Hosanna. Después del interrogatorio clínico y el examen correspondiente el facultativo le dijo a la linda chica: “O alguien le contagió su gripe o está usted embarazada”. Ponderó ella: “Creo que más bien estoy embarazada, doctor. Me acabo de casar, y mi marido tiene aquella cosa que le platiqué, pero gripe no tiene”. FIN.

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