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De la Redacción

El Buen Tono

Córdoba.- El gobierno municipal de Juan Martínez Flores en Córdoba ha sido una prolongación de la mediocridad y un periodo de estancamiento y opacidad. Durante su administración, la ciudad no sólo no avanzó, sino que quedó en evidencia la falta de visión y capacidad para resolver problemas básicos, como el mantenimiento de calles y la ejecución de obras públicas trascendentes.  

La promesa de un cambio bajo la llamada Cuarta Transformación nunca llegó a Córdoba. El gobierno de Martínez Flores fue indistinguible del anterior panista de Leticia López Landero, perpetuando la corrupción y el despilfarro. Uno de los mayores fracasos fue la incapacidad de optimizar el gasto público: mientras Orizaba opera con una nómina de 500 empleados, Córdoba mantiene una estructura burocrática inflada de 1,500 trabajadores, muchos de ellos en puestos redundantes o improductivos. Este exceso de personal no se tradujo en mejores servicios, sino en un lastre financiero que impidió invertir en infraestructura.  

Mientras Orizaba avanza con proyectos como teleféricos, parques temáticos y helipuertos, Córdoba sigue anclada en el pasado. Ni siquiera se logró reactivar el aeropuerto local, una deuda histórica con el desarrollo económico de la región.

Tampoco hubo avances en movilidad urbana: no se construyeron bulevares ni vías de comunicación modernas, y el comercio se estancó ante la ausencia de nuevas plazas comerciales.  

Lo más grave fue priorizar obras cuestionables, como los dos “hospitalotes” (en Córdoba y Cuitláhuac), cuya opacidad en costos genera sospechas, en lugar de atender el bacheo en colonias como San Nicolás, Córdoba Centro y Nuevo Toxpan, con más de 130 solicitudes pendientes.

La entrada a la ciudad, llena de hoyos sin reparar, refleja el abandono. Estos cuatro años no trajeron transformación, sino rezago. Juan Martínez Flores no cumplió: su legado es sólo oportunidades perdidas.

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