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Adriana Estrada

EL BUEN TONO

Orizaba.- Mientras la ciudad aún duerme y el frío de la madrugada se aferra a las calles, Carlos ya tiene su masa lista para empezar la cocción del pan de muerto. El aroma embriagador de la masa fresca, la canela y el azúcar inundan el espacio donde se empieza a tejer la tradición del Día de Muertos.

Es 1 de noviembre, y para Carlos González y su familia, es el día más intenso del año, es el día en que sus manos forjan el puente entre los vivos y los muertos.

“Este es nuestro día fuerte, sin duda. No podemos fallar, para que las ofrendas estén completas al medio día, nosotros empezamos cuando aún no amanece”, comenta mientras ingresa las charolas al horno para que empiece la cocción.

De acuerdo a la tradición, en la víspera del Día de los Fieles Difuntos, las almas de los seres queridos regresan al mundo de los vivos para visitar a sus familias. Y ningún recibimiento estaría completo sin una ofrenda llena de los manjares que más disfrutaban en vida. Entre el colorido tapete de cempasúchil, las velas y los retratos, dos elementos son pilares fundamentales: las hojaldras y los muertitos, un pan de muerto en forma de figura humana.

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