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Casa de mala nota

Superiberia

por Catón / columnista

El padre Arsilio, cura párroco del pueblo… pensó con inquietud justificada que el gasto que ahí harían sus feligreses reduciría sensiblemente los estipendios y limosnas

Aquel pequeño pueblo no tenía congal. Vale la pena recordar su historia en estos días de forzado encierro por el coronavirus. A más de ser muy chico ese lugar era levítico, o sea de ambiente eclesiástico, sacerdotal. Su población estaba supeditada al clero. Tan recatado era el villorrio que ni siquiera había en él uno de esos moteles que antes se llamaban “de paso”, y ahora se designan como “de corta estancia” o “de pago por evento”. Entiendo que los vecinos se prestaban por turno sus recámaras, aunque no hubiera en ellas jacuzzi, espejos en las paredes y en el techo ni películas tres equis en la tele, como suele haber –eso he oído– en las habitaciones de los moteles mencionados. Cierto día, no sé si aciago o venturoso, llegó una casa de mala nota a establecerse ahí.

Eso despertó el interés y entusiasmo de los señores y la alarma e indignación de las señoras. Todos vieron cuando apareció en la fachada el nombre del local: “El columpio del amor”, y cómo su administradora hizo poner sobre la puerta un foco rojo. Trajo también –gran novedad– una radiola. El sacristán del templo ayudó voluntariamente a descargarla y alcanzó a ver el tipo de canciones que traía la dicha sinfonola. Casi todas eran composiciones de Manuel Pomián, interpretadas por él mismo o por Chelo Silva, y otras tenían nombres alusivos a la especialidad de la casa: “Aventurera”, “Perdida”, “Arrabalera”, “Amor perdido”, “Cheque en blanco”, “Hipócrita” y la llamada “El calcetín”. (“Como si fuera un calcetín tú me pisas todo el día”, etcétera).

Al parecer ese negocio formaba parte de una cadena de establecimientos similares, pues el carro de sonido que anunció la apertura del congal ofreció “completa higiene, comodidad y, sobre todo, discreción. Absoluta discreción es nuestro lema. Por eso nos prefieren nuestros habituales clientes de la capital, como el licenciado Ulpiano Partidas, el doctor Averroes Bizma y el diputado Curuliano Huevas, representante del Centésimo Distrito Electoral”. El padre Arsilio, cura párroco del pueblo, se angustió ante la noticia de la llegada de esa mancebía. Pensó con inquietud justificada que el gasto que ahí harían sus feligreses reduciría sensiblemente los estipendios y limosnas que recibía la Iglesia.

A diferencia de las ciudades grandes, el pueblo no daba para todos. Convocó, pues, a los señores –los hombres solamente, y nada más a aquéllos en edad de hacer obra de varón– a una reunión urgente en la parroquia. Cuando los tuvo juntos y callados cerró cautelosamente las puertas del sagrado recinto y luego subió al púlpito y les predicó. Les dijo con el tono al mismo tiempo grave y paternal que las circunstancias reclamaban: “Hijos míos. Como ustedes saben ha venido a instalarse en nuestro pueblo un prostíbulo, burdel, congal, lenocinio, ramería, lugar de trato, manfla o lupanar. Quiero exhortarlos con los más vivos acentos a que no vayan a ir a esa casa de pecado.

Ahí hay mujeres malas, hijos. Las visitan hombres peores que ellas. Esos hombres traen enfermedades vergonzosas. Están con las mujeres y, claro, les trasmiten esos males. Luego van ustedes a esa casa, y adquieren esas enfermedades llamadas secretas ¡ay! tan públicas. Y qué bueno que ahí parara todo. ¡Justo castigo a sus infames culpas de carnalidad y de fornicio, de lúbrica libídine lasciva, lujurioso erotismo y voluptuosa concupiscencia pasional! Pero luego van ustedes a sus casas, hijos. Están con sus esposas. Las contagian también a ellas. ¡Y al rato andamos todos enfermos!”… Tomemos nosotros las precauciones indicadas contra el coronavirus. Si no lo hacemos, al rato vamos a andar también todos enfermos… FIN.

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