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AGENCIA

CDMX.- Mientras simpatizantes se desgastan defendiendo a políticos como si su sustento dependiera de ello, las élites del poder hacen exactamente lo contrario de lo que predican. Lejos del discurso incendiario, los supuestos adversarios cenan juntos, se ríen juntos y comparten los mismos espacios de privilegio, incluidos colegios privados a los que la mayoría de sus seguidores jamás tendrá acceso.

El problema no es solo la simulación desde el poder, sino la negación de quienes creen formar parte de un proyecto transformador. No se defiende una causa real, se sostiene una fantasía alimentada por el deseo de pertenecer, de sentirse incluido en una lucha que en realidad no existe. La confrontación pública es solo escenografía.

En los hechos, el ciudadano no es aliado ni integrante de ningún equipo. Es utilizado como carne de cañón: para marchas, discusiones en redes sociales, votos y confrontaciones estériles. Mientras tanto, los verdaderos acuerdos se cocinan en privado, entre risas, alcohol y negociaciones donde “tú cedes esto, yo aflojo aquello”.

Así opera buena parte de la clase política en México. El conflicto es para el público; los pactos, para los de siempre. El teatro mantiene distraída a la base social, mientras las decisiones que realmente importan se toman lejos del escrutinio y sin consecuencias para quienes dicen representarla.

Lo que ya sabemos varios que en la cúpula política: Solo les importa proteger sus privilegios y seguir viviendo como reyes a costa del dinero y la protección de sus fueros. Pero esto no cambiará hasta que les reduzcan esos sueldos estúpidamente altos, bonos y privilegios que tienen.

Son lo mismo, cualquier partido, color, solo es el show: Calumniar, la política no tiene moral, la política es el arte de engañar.

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