

Andrés Sosa Gutiérrez
En Veracruz y las Altas Montañas, lo que durante más de dos décadas sembró terror, extorsión y muerte en la zona centro del estado de Veracruz ha comenzado a ser desmantelado con una contundencia que parecía inalcanzable. La caída de los últimos jefes en la región no es un hecho aislado; es el golpe definitivo a un apéndice del crimen organizado que nació al amparo del poder político y que hoy, 26 años después, yace entre rejas, bajo tierra o en la más absoluta huida.
Lo que se observa es la estampa de una derrota estrepitosa para el crimen organizado. José Osorio Rivera, alias “El Casetero”, jefe de plaza en la zona centro, ya está detenido. Óscar Omar, “El Mala Suerte”, su lugarteniente y yerno, tras las rejas. Y Lalo, el jefe de plaza de Potrero Nuevo, abatido a tiros. Todos ellos, cabecillas de una célula sanguinaria, han sido neutralizados. Sus estructuras de sicarios están diezmadas, huyendo del poder de la justicia, mientras que el tejido social que por años vivió en el miedo comienza a reconfigurarse en paz y armonía.
Los tres golpes quirúrgicos
La estrategia de la Secretaría de Seguridad Pública (SSP), en coordinación con fuerzas federales y ministeriales, ha sido precisa. El pasado 18 de marzo, en la Ciudad de México, se ejecutó la captura más relevante: José Osorio Rivera, originario de Purga, Veracruz. Cuando los ministeriales capitalinos lo detuvieron, portaba armas, drogas y un maletín repleto de billetes. Osorio no solo es señalado como el jefe de la plaza; las carpetas de investigación lo acusan de una larga lista de homicidios, huachicoleo y una red de extorsión que asfixiaba a comerciantes y transportistas de Córdoba, Atoyac y Potrero Nuevo.
El segundo golpe se dio hace algunos meses en el interior del antro “La Victoria”. En un operativo que generó un escándalo mayúsculo por el cruce de fuego, los ministeriales le ganaron la emboscada a “Lalo”, el temible jefe de plaza de Potrero Nuevo. Un extorsionador sin piedad que encontró su final en un enfrentamiento directo con las fuerzas del orden. Su lugar en la geografía criminal lo ocupa ahora una tumba.
El tercer movimiento. En un operativo que reafirma la limpieza en la región, Óscar Omar, apodado “El Mala Suerte”, fue detenido por ministeriales. Este personaje operaba como jefe de plaza en Cuitláhuac, Potrero, Camarón y Purga. Su apodo no pudo ser más irónico: su mala suerte fue cruzarse con el brazo operativo de un estado que ya no les da tregua. “El Mala Suerte” ya se encuentra interno en el penal de La Toma, desde donde antes ordenaba ejecuciones y hoy enfrentará las consecuencias de sus actos.
Veracruz ha sido, históricamente, una de las rutas más disputadas por el crimen organizado debido a su estratégico puerto y su extensa geografía. Sin embargo, la fotografía actual dista mucho de aquella registrada entre 2004 y 2010, cuando operaban como un apéndice del poder público desde el puerto de Veracruz, engendrados bajo la sombra de quien fuera el “Zeta 1” en la estructura política de aquel sexenio.
Hoy, la narrativa es otra. La gobernadora, encabezando una estrategia integral de seguridad, ha logrado articular un esfuerzo entre fiscalías, fuerzas militares y policías municipales que está dando resultados tangibles. No se trata solo de reacción, sino de inteligencia. La caída de los tres jefes de la zona centro no es producto de la casualidad; es el resultado de un trabajo de inteligencia que permitió ubicar a Osorio Rivera en la capital del país y a sus células en sus propios bastiones.
La administración estatal ha entendido que la seguridad no se negocia. El mensaje es claro: los tiempos donde los jefes de plaza imponían ley mediante el terror han quedado atrás. El trabajo realizado ha logrado desarticular a los grupos generadores de violencia en regiones que estaban tomadas por la zozobra.
En materia de crímenes de alto impacto, Veracruz ha tenido avances significativos. La incidencia de homicidios dolosos ha mostrado una tendencia a la baja sostenida en los últimos años, gracias a la pacificación de regiones como el puerto de Veracruz, Xalapa y ahora la zona centro. Las denuncias por extorsión, el delito que alimentaba a estas células, han disminuido de manera considerable porque los líderes que ordenaban las cuotas ya no están en libertad.
Sin embargo, falta por hacer. La paz que hoy respiran Córdoba, Atoyac y Potrero debe consolidarse. Es fundamental que el trabajo de inteligencia continúe para evitar que nuevos líderes intenten ocupar el espacio dejado por estos criminales. La labor de la gobernadora debe ahora enfocarse en la reconstrucción del tejido social en estas comunidades: atender las causas que generan la violencia, brindar oportunidades a los jóvenes para que no sean reclutados por el crimen organizado y garantizar que la justicia sea expedita para que personajes como “El Casetero” o “El Mala Suerte” no vuelvan a ver la calle.
El reclamo ciudadano sigue siendo la depuración de las policías municipales y la certeza de que estos golpes al crimen organizado no se diluyan en procesos judiciales opacos.
Los últimos vestigios de aquella estirpe sanguinaria que nació en el sexenio de Fidel Herrera Beltrán están en el lugar que merecen: uno en la tumba (Lalo), los otros en la cárcel (Osorio Rivera y “El Mala Suerte”). La tropa sicaria que les obedecía está diezmada, huyendo del poder de la justicia.
La zona centro del estado de Veracruz ya tiene un poco más de paz, de armonía y de seguridad pública. Solo quedó el recuerdo de la sangre, los gritos de las armas y el estertor de los muertos. El miedo y la angustia, aunque no han desaparecido del todo, empiezan a ceder paso a la esperanza. La gran apuesta de la gobernadora y su gabinete de seguridad es que esta reconfiguración del tejido social sea irreversible, demostrando que cuando hay voluntad política y trabajo de inteligencia, hasta las estructuras criminales más sanguinarias están condenadas al infierno de la historia.
