

AGENCIA
Washington/Teherán.- La promesa del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, de que “la ayuda está en camino” para los iraníes que protestan contra el régimen de los mulás comenzó a desvanecerse apenas unos días después de haber sido pronunciada. A una semana de aquella declaración, no solo no se ha concretado ningún respaldo visible, sino que el propio mandatario se ha retractado públicamente.
Trump argumentó que recibió informes que indican una disminución en los asesinatos derivados de la represión de las protestas, además de descartar la existencia de ejecuciones masivas, lo que habría motivado su cambio de postura. Sin embargo, esta versión no coincide con la evaluación de otros actores internacionales.
El próximo 23 de enero, el Consejo de Derechos Humanos de la Organización de las Naciones Unidas celebrará una sesión especial para abordar lo que ha calificado como una “violencia alarmante” en Irán. En paralelo, la organización Human Rights Activists (HRA), con sede en Estados Unidos, informó que ha documentado al menos 4 mil 29 muertes relacionadas con las protestas, mientras que otros 9 mil fallecimientos continúan bajo investigación. La cifra final, advierten, podría ser considerablemente mayor.
Analistas señalan que el viraje de Trump responde menos a una mejora de la situación interna en Irán y más a presiones diplomáticas. De acuerdo con reportes periodísticos, Arabia Saudita, Qatar, Omán y Egipto sostuvieron conversaciones con Washington para evitar un posible ataque estadounidense contra Irán. Estas naciones también habrían instado al gobierno iraní a moderar su respuesta ante las manifestaciones.
La politóloga Pauline Raabe, del centro de estudios Middle East Minds en Berlín, explicó que, si bien los países del Golfo mantienen interés en que Irán no se fortalezca, también temen que una escalada militar se salga de control. “Existe el riesgo de que la violencia se extienda y termine afectando directamente a los países vecinos”, señaló.
Por su parte, Eckart Woertz, director del Instituto de Estudios de Oriente Medio del GIGA, consideró poco probable un colapso inmediato del régimen iraní, pero advirtió que, de ocurrir, las consecuencias podrían ser graves. Entre ellas, un aumento de la inestabilidad regional y desplazamientos masivos de población.
Ambos expertos coinciden en que un eventual ataque contra Irán podría revertir los avances diplomáticos logrados en los últimos años entre Teherán y los países del Golfo. Raabe advirtió que bases militares estadounidenses en Qatar, Arabia Saudita o Baréin podrían convertirse en objetivos de represalia, lo que incrementaría el riesgo de un conflicto regional.
Además del impacto político y militar, una confrontación tendría fuertes repercusiones económicas. La especialista alertó sobre la posibilidad de bloqueos en rutas comerciales estratégicas, como el Golfo Pérsico, un escenario similar al que actualmente se vive en el Mar Rojo con los ataques de los hutíes, aliados de Irán.
Woertz agregó que la inestabilidad afectaría directamente los procesos de transformación económica en países como Arabia Saudita, que buscan diversificar sus economías. “La incertidumbre daña tanto la inversión como la producción energética, sectores que dependen de estabilidad y confianza”, subrayó.
A juicio de los analistas, las élites del Golfo prefieren mantener el statu quo antes que enfrentar un escenario impredecible con un nuevo poder emergente en Irán. Aunque existen profundas reservas hacia el régimen iraní, el acercamiento diplomático de los últimos años es visto como un mal menor frente al riesgo de una escalada regional.
Mientras tanto, la situación interna en Irán continúa deteriorándose y la comunidad internacional permanece dividida entre la presión diplomática y el temor a un conflicto de mayores dimensiones.
