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DE LA REDACCIÓN

El Buen Tono

ORIZABA.- El impacto de los incendios forestales registrados anteriormente en el Pico de Orizaba ha trascendido la pérdida de biodiversidad para convertirse en un factor de riesgo geológico. La degradación del terreno, provocada por el fuego, ha dejado a municipios de la región en una situación de vulnerabilidad en la temporada de lluvias. Ricardo Rodríguez Deméneghi, coordinador de “Salvemos al Pico de Orizaba”, advierte que el suelo ha perdido su capacidad de absorción, lo que compromete seriamente la estabilidad de las laderas.

La pérdida de la cobertura vegetal no solo expone la superficie, sino que interrumpe ciclos ecológicos fundamentales para la retención hídrica. Sin raíces que sostengan la tierra ni vegetación que amortigüe la caída del agua, la erosión se acelera y el terreno cede con facilidad ante precipitaciones intensas. Este fenómeno se ve agravado por un patrón climático que, desde 2020, muestra irregularidades evidentes en comparación con décadas previas de observación ambiental.

A la crisis generada por los incendios se suma el problema persistente de la tala ilegal en las áreas forestales del volcán. La eliminación de árboles clave para regular el escurrimiento de agua profundiza el deterioro del ecosistema, aumentando el peligro de deslizamientos. Además de la tala clandestina, existen prácticas comunitarias, como la fabricación de cajas de madera, que contribuyen a este ciclo de deforestación, subrayando la urgencia de fomentar una cultura de cuidado ambiental.

Ante este escenario, resulta imperativo fortalecer la vigilancia y presencia de guardabosques en el Parque Nacional. Los especialistas coinciden en que la supervisión no solo debe enfocarse en inhibir la tala, sino en monitorear la recuperación de las zonas calcinadas. La falta de una vigilancia ambiental robusta permite que el daño se acumule, dejando a las comunidades de las faldas del volcán expuestas a los efectos combinados de un suelo debilitado y fenómenos climáticos extremos.

La alteración de los ciclos climáticos tradicionales es otra señal de alarma; desde mediados de los ochenta, la regularidad de las estaciones ha desaparecido. Un dato contundente es la ausencia de nevadas invernales entre 2020 y 2025, registrándose nieve principalmente en la temporada de lluvias. Aunque esta humedad ha ayudado a combatir la sequía severa, también representa un riesgo mayor para las zonas incendiadas, donde el agua satura un suelo sin soporte, elevando el peligro de deslaves.

Finalmente, el ambientalista exhorta a la responsabilidad de quienes visitan la montaña. Ante la inestabilidad del terreno y el hecho de que en invierno la noche cae más temprano, se recomienda informar rutas a Protección Civil y portar equipo adecuado. Para garantizar la seguridad y evitar accidentes en un entorno cada vez más impredecible, se sugiere que los montañistas inicien el descenso a más tardar a las dos de la tarde, respetando la fragilidad actual del ecosistema.

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