Luis Adalberto Maury Cruz
lmaury_cruz@hotmail.com
En la denominada Tercera Modernidad, caracterizada por la multipolaridad, la revolución tecnológica y el reacomodo geopolítico, las guerras multidimensionales ya no se expresan exclusivamente en el ámbito militar o económico, sino también en el terreno cultural, simbólico y cognitivo. Las disputas contemporáneas se libran mediante narrativas, identidades colectivas y procesos de legitimación.
En este contexto, la religión no desaparece; se transforma. La secularización no ha significado la extinción de lo religioso, sino su desplazamiento hacia nuevas formas de producción de sentido presentes en ideologías, proyectos políticos y marcos culturales.
Desde una perspectiva ampliada, la religión no se limita al clero, al dogma o al aparato eclesiástico, sino que puede entenderse como una dimensión de la condición humana vinculada a valores últimos, producción de sentido y horizontes simbólicos (Weber, 2002).
Por ello, el estudio de las élites políticas exige examinar no sólo las afiliaciones confesionales, sino también los sistemas simbólicos que orientan decisiones, alianzas y formas de autoridad.
Bajo esta lógica, algunos casos contemporáneos resultan ilustrativos —sin ser equivalentes entre sí— de la persistencia de vínculos entre religión y poder político. Javier Milei ha mostrado cercanía pública con sectores del judaísmo ortodoxo vinculados a Chabad-Lubavitch, mientras Benjamin Netanyahu ha sostenido alianzas con sectores del sionismo religioso y grupos ultraortodoxos con incidencia en debates de seguridad e identidad nacional.
Surge así una cuestión central: ¿resulta analíticamente pertinente estudiar las formas de religiosidad y sacralización presentes en gobernantes y estructuras de poder?
Notas sobre el Estado
El Estado puede entenderse como un sistema soberano de instituciones encargado de organizar y regular la vida colectiva dentro de un territorio. En él interactúan élites políticas, burocracias administrativas y población gobernada.
No obstante, el poder no se agota en la esfera institucional visible. Puede distinguirse entre élite formal, integrada por quienes ocupan cargos públicos, y élite estructural, conformada por actores con capacidad efectiva de influencia más allá de la visibilidad institucional, incluyendo redes económicas, mediáticas, burocráticas y de seguridad.
En este marco, el denominado deep state refiere a redes burocráticas, militares o económicas capaces de incidir estructuralmente en la orientación estatal, con grados variables de autonomía respecto de los ciclos políticos formales. Más que una conspiración centralizada, puede entenderse como la persistencia de estructuras de decisión relativamente permanentes.
Desde una perspectiva schmittiana, estas zonas opacas revelan la permanencia de la decisión soberana más allá de la normatividad jurídica explícita (Schmitt, 2005; 2007).
Notas sobre la religión de las élites
La religión, entendida en sentido ampliado, constituye un sistema de significación existencial que orienta valores, narrativas y prácticas sociales. Lo religioso no surge únicamente de hechos objetivos, sino también de procesos de valoración que estructuran hábitos y conductas.
No existe religión sin sacralidad. Lo sagrado designa aquello separado de lo ordinario e investido de valor absoluto. Desde una perspectiva durkheimiana, constituye una construcción social mediante la cual una comunidad reafirma sus valores colectivos (Durkheim, 2001).
En este sentido, la religión puede analizarse funcionalmente: no sólo como religión histórica institucional, sino como el conjunto de procesos mediante los cuales creencias, ideologías o narrativas producen cohesión, obediencia y legitimidad. Algunas estructuras no confesionales adquieren incluso rasgos cuasirreligiosos cuando generan marcos de sentido absolutos.
La sacralización puede definirse como el proceso mediante el cual una idea, objeto o institución adquiere valor absoluto y legitimidad simbólica. En clave voegeliniana, este fenómeno implica la “inmanentización” de lo trascendente dentro de proyectos políticos seculares (Voegelin, 1987).
Asimismo, la teatralidad política remite a las formas simbólicas de legitimación mediante rituales, escenificación y repetición colectiva. Emilio Gentile interpreta este fenómeno como una forma de “religión política” capaz de dotar al Estado moderno de una sacralidad sustitutiva (Gentile, 2006).
La secularización, por su parte, puede entenderse como el desplazamiento histórico de funciones religiosas hacia esferas políticas, jurídicas y culturales (Weber, 2009).
Sacralización y poder político
Si estas categorías poseen capacidad explicativa, entonces no deben limitarse a religiones institucionales. Conviene precisar que no toda ideología constituye una religión política; sólo aquellas que absolutizan valores, producen narrativas de redención y generan formas intensas de sacralización colectiva pueden adquirir funciones estructuralmente análogas a lo religioso.
En este sentido, ideologías, doctrinas científicas, proyectos políticos o narrativas culturales pueden desempeñar funciones semejantes a las religiosas sin constituirse formalmente como religiones. Lo decisivo no es el origen doctrinal, sino su capacidad para generar sentido, legitimidad y obediencia.
Voegelin y Gentile han mostrado cómo ciertas ideologías modernas adquieren rasgos cuasirreligiosos al prometer redención histórica o identidades totalizantes (Voegelin, 1987; Gentile, 2006). Desde esta perspectiva, el totalitarismo del siglo XX puede interpretarse como un laboratorio de sacralización política. En ciertos contextos, incluso doctrinas democráticas, derechos humanos o narrativas liberales pueden adquirir formas de sacralización cuando son investidos de un carácter absoluto e incuestionable.
Por ello, estos procesos de sacralización no son exclusivos de regímenes totalitarios ni de religiones históricamente constituidas. En distintos Estados contemporáneos persisten formas diversas de interacción entre creencias, identidades colectivas y política.
En Estados Unidos, el nacionalismo cristiano ha fortalecido la presencia de sectores evangélicos conservadores en debates sobre aborto, educación sexual y políticas familiares. En México, movimientos sociales/políticos y actores culturales vinculados a agendas identitarias han incidido en debates sobre aborto, matrimonio igualitario, educación sexual y bioética. Más allá de valoraciones normativas, interesa observar cómo determinados marcos axiológicos pueden desempeñar funciones de movilización y legitimación colectiva.
De la secularización a la sacralización sectaria
La secularización del siglo XIX no eliminó la relación entre religión y poder; transformó sus formas de manifestación. Las funciones de cohesión simbólica y legitimidad se reconfiguraron dentro de sistemas ideológicos y culturales.
El nazismo alemán constituye un caso paradigmático de religión política secularizada. Aunque no fue una religión formal, utilizó rituales, propaganda y símbolos nacionales para producir cohesión y obediencia, configurando una experiencia emocional totalizante (Gentile, 2006; Voegelin, 1987). Algunos de sus elementos simbólicos y doctrinales persisten, de manera fragmentaria, en grupos neonazis y supremacistas contemporáneos.
Estos ejemplos sugieren que la relación entre religión y política no desaparece bajo la secularización, sino que se redistribuye en configuraciones simbólicas más complejas.
Más que atender exclusivamente a la afiliación religiosa formal de los gobernantes, resulta más pertinente analizar los sistemas doctrinales, axiológicos y simbólicos que orientan decisiones políticas y alianzas estratégicas. La influencia sobre el poder opera tanto mediante adscripciones confesionales como a través de marcos ideológicos y sectarios de sentido.
El problema no radica necesariamente en la presencia de lo religioso en el espacio público, sino en el grado de subordinación entre esferas políticas y doctrinales. Una subordinación excesiva puede derivar en dogmatismo y restricción del pluralismo; mientras que su instrumentalización política puede reducirlo a un mecanismo de legitimación.
Algunas conclusiones
Si antes la legitimidad descansaba principalmente en fundamentos teológicos, hoy también opera mediante narrativas ideológicas, símbolos e identidades colectivas que cumplen funciones estructuralmente análogas.
La secularización no eliminó la influencia de lo religioso en la política; la desplazó hacia formas ideológicas, identitarias o sectarias de legitimación. Por ello, el análisis del poder contemporáneo debe examinar no sólo afiliaciones religiosas formales, sino también doctrinas y sistemas simbólicos que operan como formas de religiosidad secularizada.
Cuando la política se subordina excesivamente a doctrinas religiosas, ideológicas o sectarias, puede debilitarse el pluralismo y fortalecerse dinámicas de intolerancia y polarización.
El conocimiento de la dimensión religiosa o cuasirreligiosa de las élites permite comprender mejor la lógica de ciertas decisiones, prácticas institucionales y políticas públicas.
La sacralización del poder tiende a transformar al adversario político en enemigo moral, favoreciendo formas intensas de obediencia y legitimación dogmática.
Referencias
Durkheim, É. (2001). Las formas elementales de la vida religiosa. Akal.
Gentile, E. (2006). Politics as religion. Princeton University Press.
Schmitt, C. (2005). Teología política. Trotta.
Schmitt, C. (2007). El concepto de lo político. Alianza Editorial.
Voegelin, E. (1987). The new science of politics. University of Chicago Press.
Weber, M. (2002). Economía y sociedad. Fondo de Cultura Económica.
Weber, M. (2009). La ética protestante y el espíritu del capitalismo. Alianza Editorial.
