AGENCIA
Chignahuapan, Pue.- Con meses de ensayos, preparación física y elaboración de vestuarios, decenas de danzantes de distintas edades se preparan para mantener viva una de las tradiciones más representativas de la Sierra Norte de Puebla: el Festival de la Luz y la Vida, una puesta en escena que recrea el recorrido de las almas por los nueve niveles del Mictlán, el inframundo de la cosmovisión nahua.
Detrás del espectáculo, que se realiza durante la temporada de Día de Muertos, existe un trabajo que va más allá de subir al escenario. Los participantes estudian el significado de los movimientos, los instrumentos y los personajes, además de dedicar tiempo a confeccionar sus atuendos y desarrollar la resistencia necesaria para soportar cerca de una hora de danza.
Juan Daniel Barrera Báez, de 20 años, participa por segunda ocasión en el festival, donde representa a Tláloc. Para él, el retumbar de los tambores, la música y los gritos que acompañan cada movimiento despiertan una pasión que define como amor por lo que hace.
Otro de los participantes es Julio César González Galindo, de 15 años, integrante del grupo Chichanaumitlán, quien representa a un águila. El joven elaboró su propio vestuario, al que llama Kopili, con plumas, cuero y tela. Considera que la indumentaria tiene un significado que va más allá de los materiales, pues representa su identidad y el orgullo por Chignahuapan, Puebla y México.
Mariano Pérez, también de 20 años, comenzó a bailar a los 13 y confeccionó a mano su atuendo. Su participación está motivada por el interés en la historia prehispánica y la cultura mexicana, elementos que busca representar a través de la danza.
La preparación también exige acondicionamiento físico, con ejercicios de gimnasio, cardio y trote para desarrollar la resistencia necesaria durante las presentaciones. Para Adamari López Castillo, de 17 años, la danza llegó por influencia de su familia. Participa en el festival desde hace cinco años y practica esta actividad desde los seis.
La música desempeña un papel fundamental en la representación. Misael Morales, quien lleva alrededor de ocho años como músico del festival, explicó que los participantes utilizan instrumentos tradicionales como el atecocoli o caracol marino, las flautas conocidas como tlapitzales y las ocarinas. También emplean ayoyotes en los tobillos, cuyo sonido evoca el agua y la lluvia.
Wexyn Ali Reyes Hernández, de 30 años, suma 12 años en el festival como danzante y actor. En la puesta en escena interpreta a Mictlantecuhtli, dios relacionado con la muerte y el inframundo. Además, elabora vestuarios y se encarga del maquillaje y la caracterización de los participantes, una labor que forma parte de su compromiso con la continuidad de la tradición.

Por su parte, Iris Domínguez García, de 39 años, participa desde hace aproximadamente 11 años como guerrera danzante. Su grupo interviene al inicio y al cierre del espectáculo, y su preparación incluye conocer los antecedentes de las danzas prehispánicas, los instrumentos y el simbolismo de cada movimiento.
La representación integra a niños, jóvenes y adultos de distintas agrupaciones, quienes trabajan en conjunto para recrear el viaje de las almas. La música, el fuego, los personajes y los efectos visuales acompañan esta interpretación de las creencias sobre la muerte.
Más allá de atraer visitantes, el Festival de la Luz y la Vida representa un espacio de transmisión cultural en el que las nuevas generaciones aprenden de quienes llevan años participando. La dedicación de los danzantes permite que la tradición se mantenga vigente y que la identidad de Chignahuapan se exprese a través de la música, los movimientos y los vestuarios elaborados por sus propios integrantes.
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