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Alejandro Aguilar
El Buen Tono

Córdoba.- Lo ocurrido este jueves con los comerciantes ambulantes del Mercado Revolución no fue un ejercicio de diálogo ni de gobernabilidad: fue una exhibición pública de la incapacidad política, operativa y administrativa del alcalde Manuel Alonso Cerezo, quien terminó cediendo ante la presión social luego de que su estrategia de control fracasara por completo.
El edil, que intentó imponer un reordenamiento sin planeación, sin estructura y sin autoridad real, quedó rebasado por los hechos. Lejos de encabezar una política pública sólida, volvió a mostrar que no gobierna, sino que reacciona, y que sus movimientos dependen más de las indicaciones que recibe de Luis Abella Alvarado que de una conducción propia del municipio.
La jornada comenzó con el colapso del proceso administrativo. Los comerciantes acudieron a la cita convocada este jueves 15 de enero en la Dirección de Comercio, tal como se les había indicado durante los operativos previos. Sin embargo, lo que encontraron fue una dependencia sin respuestas, sin alternativas y sin autoridad clara.
El área, encabezada por un “encargado”, José Francisco Campos Meza, quien opera sin que exista un nombramiento público, sin presentación oficial y sin claridad sobre sus atribuciones, lo que confirma que el gobierno municipal funciona con figuras opacas y sin responsabilidad institucional.
De acuerdo con los participantes, la reunión fue un fracaso: no hubo propuestas ni soluciones y se intentó reducir el diálogo a 5 representantes, como si fuera un asunto menor, cuando se trata de un conflicto social de amplio impacto. Esta cerrazón y falta de capacidad provocó que los comerciantes decidieran romper el cerco institucional y buscar directamente al alcalde, a quien interceptaron durante un acto cívico para exigirle una interlocución directa, abierta y pública.
Manuel Alonso no salió a dialogar por voluntad política: fue alcanzado por un conflicto que no supo contener. Ante la presión social y el rebase de su autoridad, trasladó la negociación al parque 21 de Mayo, donde quedó claro que su discurso de “exhortación” y “advertencia” no tenía sustento real.
Rodeado por comerciantes y ciudadanos, el alcalde abandonó su postura de imposición y tuvo que aceptar una salida improvisada: permitir que los ambulantes continúen vendiendo, bajo las condiciones mínimas de mantener limpias sus áreas y no obstruir el paso peatonal.
No fue una solución estructural, ni un plan de fondo, ni un reordenamiento serio. Fue una salida momentánea para apagar el incendio que él mismo provocó.El episodio dejó al descubierto que el llamado “reordenamiento” es, en los hechos, un discurso vacío. No existe una política clara, no hay coordinación interna, no hay responsables visibles y no hay una ruta definida. El alcalde fue rebasado, su equipo exhibido y su autoridad debilitada.

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