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De la redacción

El Buen Tono

Córdoba.- La jornada electoral de este domingo dejó un mensaje claro: la mayoría de los cordobeses decidió no participar. Con un abstencionismo estimado de hasta el 67%, la mayoría de los ciudadanos le dio la espalda a las urnas, expresando así su rechazo al fracaso de los gobiernos recientes y, sobre todo, a un Morena que perdió el rumbo y la confianza popular.

Durante el día, las casillas lucieron vacías. Las escasas filas que se formaron fueron resultado de la desorganización provocada por la elección simultánea de jueces y magistrados, pero no reflejaban entusiasmo cívico, sino frustración por un proceso torpe.

Antes de las seis de la tarde, muchas casillas estaban desiertas. El mensaje fue contundente: Córdoba ya no cree.

Entre los responsables directos de esta desilusión destaca Juan Martínez Flores, el alcalde de Morena que prometió el “renacimiento de Córdoba” y en su lugar terminó hundiéndola.

Su gobierno ha sido sinónimo de ineficiencia, abandono y complicidades, dejando una ciudad deteriorada, sin obra pública significativa, con servicios colapsados y un profundo vacío de liderazgo.

El desgaste es tal que la autoproclamada victoria del candidato morenista se dio en medio de una participación ridículamente baja, y con un respaldo que difícilmente puede ser considerado legítimo.

La estructura de Morena, que hace tres años movilizaba multitudes, apenas pudo arrastrar votos entre la apatía, la decepción y el rechazo social.

Este resultado marca la antesala de la caída de Morena en la región. El partido que prometía ser diferente carga con los mismos vicios de sus antecesores: corrupción, imposiciones, pactos oscuros y traiciones a la voluntad popular. Córdoba, harta de la simulación y los discursos vacíos, prefirió no votar antes que validar una farsa.

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