AgENCIA
Narsarsuaq, Groenlandia.- En el extremo sur de Groenlandia, el cierre del aeropuerto de Narsarsuaq ha dejado a una comunidad de apenas unas decenas de habitantes enfrentando un futuro incierto. Lo que durante décadas fue una de las principales puertas de entrada a la región hoy permanece prácticamente vacío, mientras sobre sus antiguas instalaciones militares vuelve a proyectarse la sombra de Estados Unidos.
Narsarsuaq llegó a tener alrededor de 150 habitantes, pero tras el cierre del aeropuerto la población se redujo a unas 40 personas. Hoteles, comercios y servicios han cerrado o reducido sus operaciones, dejando al pequeño poblado en una situación de aislamiento y abandono.
La paradoja es evidente: El mismo lugar que alguna vez fue una estratégica base militar estadounidense, conocida como Bluie West One, vuelve a despertar el interés de Washington precisamente cuando su población atraviesa una de sus peores crisis. Durante la Segunda Guerra Mundial, miles de aeronaves utilizaron la base y llegaron a vivir allí alrededor de 4 mil personas.
Ahora, las pretensiones del gobierno de Donald Trump sobre Groenlandia generan preocupación. Washington busca ampliar su presencia militar y ha puesto especial atención en antiguas instalaciones como Narsarsuaq, mientras habitantes como Ole Guldager temen que un eventual regreso de las tropas termine desplazando a quienes todavía permanecen en la localidad.
Pero la disputa no se limita al territorio. Groenlandia posee enormes reservas de tierras raras y otros minerales estratégicos que han despertado el interés de Estados Unidos y de empresas vinculadas a capital estadounidense. El proyecto de Tanbreez y el controvertido yacimiento de Kvanefjeld colocan a la isla en el centro de una nueva batalla por los recursos naturales del Ártico.
Para los habitantes, sin embargo, el debate es mucho más profundo que dinero, minería o geopolítica. En comunidades como Qassiarsuk, la economía depende de la ganadería, el turismo y una relación estrecha con la naturaleza. La preocupación es que la presión de las grandes potencias termine imponiendo intereses externos sobre el derecho de los groenlandeses a decidir qué hacer con su territorio.
Groenlandia enfrenta así una nueva encrucijada: mientras sus pequeños poblados pierden habitantes y servicios, las grandes potencias observan con creciente interés su posición estratégica y sus riquezas minerales.
La historia de Narsarsuaq demuestra que el abandono de una comunidad puede convertirse, paradójicamente, en una oportunidad para que otros intenten ocupar el espacio. Para sus habitantes, la lucha ahora no solo es por sobrevivir en una tierra remota, sino por evitar que su hogar termine convertido nuevamente en una pieza del tablero geopolítico mundial.
