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Adriana Estrada
El Buen Tono

Ixtaczoquitlán.- Un olor agudo a putrefacción, que pica la garganta y se clava en la nariz, da la bienvenida a lo que fue el alma de Cuautlapan, el manantial La Cuesta, donde antes fluía agua cristalina y se escuchaba el sonido de las risas de niños chapoteando; hoy se extiende un silencio angustiante por el afluente enfermo.
Desde mediados de diciembre de 2025, la comunidad vive sumida en la incertidumbre y el temor, observa cómo su fuente de vida agoniza ante sus ojos, envenenada por una contaminación cuyos orígenes exactos aún se mantienen como imprecisos.
El paisaje cambió. El agua que abastecía a las familias de La Cuesta y Barrientos dejó de ser transparente, ahora los habitantes muestran en sus rostros una preocupación que se contagia y se mezcla con la tristeza de darse cuenta cómo la naturaleza está agonizando y hasta la fecha carecen de un remedio para curarla.
La contaminación del afluente va más allá de lo sensorial, pues a casi un mes del olor penetrante a putrefacción y el color negro del agua, varios habitantes registraron dolores de cabeza persistentes, erupciones en la piel y, en los casos más alarmantes, sangrados nasales,  tras haber tenido contacto con el líquido sucio.

Desastre
La angustia se mezcló con la evidencia científica, pues a iniciativa de los habitantes, a finales del año pasado, tomaron muestras del agua, los resultados de los análisis se los dieron a conocer este fin de semana.
Lo que les dijeron es sinónimo de catástrofe ambiental y sanitaria, pues el estudio arrojó la presencia de fierro, manganeso y coliformes fecales.
El fierro contiene 1.01040 miligramos por litro (mg/L.), pero el límite permitido es de 0.30; También se encontró 4.33000 mg/L de manganeso cuando el mayor al máximo para el agua es de 0.15 mg/L.
Con respecto a los coliformes fecales estuvieron por arriba de 1,600 NMP/100 mL, con la identificación específica de la bacteria Escherichia coli, que refleja la contaminación fecal, números que explican el color y la turbiedad del líquido, pero sobre todo, confirman el grave riesgo para la salud de quienes la consumieron y utilizaron durante años.

El poder de la fe
Ante la holgazanería de las autoridades para corregir el daño y el desconocimiento del origen preciso del vertido, la comunidad acudió a su fe.
Ayer, en una escena que mezcló devoción y desesperanza, sacaron en procesión a su santo patrón, San Sebastián Mártir, que estaba celebrando su día, en esta ocasión, no terminó en parroquia, sino en las orillas del manantial contaminado.
Allí, finalizaron el novenario, las voces se unieron en una plegaria, pidieron la intercesión del Santo para que el afluente recupere su cristalinidad y pureza, y con ello el abastecimiento se restablezca en las comunidades.

Angustia
Mientras tanto, la vida diaria volvió un suplicio. El gobierno municipal envía pipas para abastecer de agua a la población, pero el servicio, reconocieron los habitantes, se ve rebasado ante la necesidad de cientos de familias que extrañan la autonomía y confianza que les daba su manantial.
Pasaron cinco semanas desde que se detectó el problema, y la situación permanece estancada.
Mientras la comunidad se pregunta quién es el responsable, aunque las sospechas apuntan a las industrias asentadas en el corredor de la zona alta de Ixtaczoquitlán.
Sin embargo, hasta el momento, ninguna de las empresas se acercó a los pobladores para ofrecer mediación, apoyar en la investigación o asumir algún tipo de responsabilidad ante la evidente afectación.

Expectativa
Así, Cuautlapan se debate entre la resignación y la lucha, entre la esperanza que les da su fe y la desilusión que les provoca el abandono.
El manantial agoniza, y con el, parte de la tranquilidad y la salud de un pueblo que pide volver a ver correr limpias las aguas que por generaciones tuvieron.
El tiempo, y la voluntad de investigar y actuar, dirán si su clamor, tanto a las autoridades como al cielo, fue escuchado. 

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