

Groenlandia se ha convertido en el nuevo foco de interés para algunos de los empresarios más influyentes del mundo. No se trata de turismo ni de titulares llamativos, sino de apuestas a largo plazo sobre minerales estratégicos, infraestructura de datos y control de futuras rutas de suministro en un contexto donde el petróleo pierde protagonismo.
Proyectos vinculados a figuras como Bill Gates, Jeff Bezos y Sam Altman exploran la minería, energía y desarrollo de infraestructura en la isla, aprovechando su estabilidad política, su ubicación estratégica entre América del Norte y Europa, y terrenos aún poco disputados por la competencia global.
Paralelamente, grupos relacionados con Peter Thiel están experimentando con un concepto de ciudad tecnológica, donde se busca probar nuevos sistemas económicos, modelos de gobernanza y estructuras digitales lejos de regulaciones tradicionales.
Estados Unidos sigue de cerca estos movimientos, consciente de que Groenlandia controla accesos clave al Ártico y podría convertirse en un punto estratégico para cadenas de suministro durante décadas.
El interés actual plantea la pregunta: más allá de los minerales y la tecnología, ¿qué influencia política y estratégica está realmente detrás de la mirada global hacia Groenlandia?
