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AGENCIA

Medellín de Bravo, Ver.- Por décadas, la piña fue sinónimo de trabajo, estabilidad y sustento para miles de familias veracruzanas. Hoy, ese mismo cultivo se ha convertido en el reflejo de una crisis que ya no puede explicarse únicamente por la caída de los precios o la falta de compradores. Lo que ocurre en municipios como Tlalixcoyan y Medellín de Bravo revela que Veracruz enfrenta dos emergencias distintas, pero igualmente graves: Una agrícola y otra humana.

Aunque ambas regiones producen piña, la crisis golpea de manera diferente. En Tlalixcoyan, el problema es comercial. En Medellín de Bravo, el problema es económico, social y emocional.

El mercado colapsó en Tlalixcoyan

En Tlalixcoyan, la imagen es devastadora: Toneladas de piña permanecen abandonadas en los campos porque simplemente nadie las compra. La fruta madura, se pudre y termina convertida en desperdicio.

Los productores denuncian que el mercado prácticamente desapareció. Los intermediarios dejaron de acudir y los centros de distribución ya no absorben la producción local, provocando pérdidas millonarias para quienes invirtieron durante meses en sembrar y cuidar el cultivo.

La presión social llevó a los agricultores a manifestarse para exigir apoyo. Como resultado, se instaló una mesa de diálogo con las autoridades municipales y comenzaron gestiones para buscar nuevos canales de comercialización.

Sin embargo, mientras no exista un mercado capaz de absorber la producción, la incertidumbre continúa.

En Medellín, vender también significa perder

La realidad en Medellín de Bravo es distinta, pero igual de preocupante.

Aquí sí existen compradores, pero los precios son tan bajos que vender representa aceptar pérdidas económicas.

Los productores reciben apenas entre cuatro y cinco pesos por cada piña, cuando producirla cuesta alrededor de ocho pesos por pieza. Mantener una hectárea implica inversiones cercanas a los 300 mil pesos, cifras imposibles de recuperar con los precios actuales.

Para cientos de familias, cada cosecha ya no representa una oportunidad de ingreso, sino una nueva deuda.

Don Manuel García resume la situación con crudeza: cada viaje al campo significa gastar más dinero del que podrá recuperar. Trabajar ya no genera ganancias; únicamente incrementa los compromisos financieros.

Una crisis que rompe familias

En comunidades como Los Robles, Plaza de Toros y Buena Vista, las camionetas cargadas de piña permanecen estacionadas durante horas a la orilla de las carreteras.

No esperan compradores inexistentes.

Esperan que alguien acepte pagar un poco más para evitar pérdidas aún mayores.

Pero ese momento casi nunca llega.

La consecuencia ha sido una creciente presión económica que comienza a reflejarse en la salud mental de los agricultores.

Productores reconocen haber sufrido ansiedad, insomnio y cuadros de desesperación provocados por las deudas acumuladas.

Algunos recuerdan el caso de un compañero que decidió quitarse la vida tras verse rebasado por la presión financiera, un episodio que permanece como una herida abierta entre quienes aún luchan por mantener vivo el cultivo.

La crisis dejó de medirse únicamente en toneladas de fruta desperdiciada.

Ahora también se mide en estrés, incertidumbre y familias que viven al límite.

Dos municipios, dos respuestas

La reacción institucional tampoco ha sido la misma.

En Tlalixcoyan, la movilización de los productores consiguió que las autoridades municipales iniciaran gestiones para buscar alternativas de comercialización.

En Medellín de Bravo, los agricultores aseguran haber pasado más de un año solicitando apoyos sin obtener respuestas concretas.

Entre sus principales demandas destacan la instalación de una empacadora, programas de comercialización y políticas públicas que reconozcan la importancia económica del cultivo de la piña en la región.

Para ellos, el problema ya no puede resolverse únicamente con créditos o subsidios temporales.

Consideran indispensable una estrategia integral que garantice mercados, infraestructura y acompañamiento técnico.

Más que una crisis agrícola

Lo que ocurre en Veracruz demuestra que la crisis piñera ya no puede analizarse únicamente desde la producción agrícola.

En Tlalixcoyan quedó evidenciado el colapso del mercado.

En Medellín de Bravo comienza a observarse el desgaste de quienes sostienen la producción.

Mientras la fruta se acumula sin valor o se vende por debajo de su costo, miles de familias enfrentan un escenario donde trabajar ya no garantiza sobrevivir.

El reto para las autoridades va más allá de rescatar un cultivo.

Implica evitar que una crisis económica termine convirtiéndose en una crisis social y de salud mental para las comunidades rurales que, durante generaciones, encontraron en la piña su principal forma de vida.

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