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Puedes detestar un régimen, puedes denunciar su represión, su teocracia o su falta de libertades. Puedes incluso celebrar en privado la caída de un líder que consideras tirano. Pero cuando la política internacional se convierte en “lo matamos y ya veremos qué pasa”, hemos entrado en otra fase. Una que da mucho miedo.

No es solo que hayan asesinado a un jefe de Estado. Es la naturalidad con la que se anuncia. La frase triunfal. El tono de videojuego. Como si eliminar a una persona —con todo lo que desencadena— fuera una jugada táctica limpia, quirúrgica, sin consecuencias humanas ni geopolíticas. Como si los países fueran escenarios y sus dirigentes, personajes eliminables con un botón.

La historia —esa maestra a la que rara vez hacemos caso— demuestra que los “cambios de régimen” a misil no traen democracia automática. Traen vacío de poder, luchas internas, radicalización y venganza. Traen lo imprevisible. Y ese vacío lo pagan siempre quienes no deciden nada: la gente corriente. Las madres que se quedan sin hijos. Los jóvenes que se convierten en carne de frente. Las ciudades que pasan de titulares a ruinas. La geopolítica de saldo la pagan siempre los mismos.

Hay algo especialmente llamativo en el mensaje que se lanza al mundo: si eres suficientemente poderoso, puedes decidir quién gobierna en otro país. Y encima venderlo como una oportunidad histórica para la libertad, como un gesto de valentía, como si eliminar físicamente a un adversario fuera un acto de altura política.

Ese discurso lo hemos escuchado antes. Con otros nombres, en otros lugares, con otras justificaciones. Y casi nunca terminó bien. Casi siempre acabó con más muertos, más odio, más inestabilidad. Porque la violencia no resuelve conflictos: los aplaza y los encona.

No se trata de blanquear al régimen iraní. Se trata de no blanquear la lógica de la fuerza como sustituto de la diplomacia. Se trata de no aceptar que el derecho internacional sea un estorbo cuando al poderoso le estorba. Porque cuando normalizamos que un presidente celebre públicamente la muerte de otro líder como si fuera un trofeo de caza, lo que se erosiona no es solo el orden internacional: es la idea misma de que las guerras deben ser el último recurso. Es la frontera entre la justicia y la venganza. Es el principio de que hay reglas que nos protegen a todos, también de nosotros mismos.

Y mientras tanto, el resto del mundo sigue con su rutina. Premios, audiencias, debates internos, polémicas domésticas, la agenda de siempre… Como si el tablero global no estuviera desplazándose bajo nuestros pies. Como si lo que ocurre en Oriente Medio fuera un incendio en la casa del vecino, cuando la historia demuestra que esos incendios acaban siempre quemando varias casas.

Lo del ayatolá no es un episodio aislado. No es un ajuste de cuentas más en una región convulsa. Es una señal. Una señal sobre hacia dónde vamos cuando perdemos el pudor, cuando matar se anuncia como un éxito y gobernar se confunde con eliminar adversarios.

Y las señales, cuando no se leen a tiempo, suelen convertirse en incendios. Incendios que luego no se apagan con misiles. Incendios que duran décadas. Incendios que devoran lo que encuentran a su paso, sin preguntar de qué bando eras.

No Estados Unidos, Ni Donald Trump, Ni Benjamin Ni Benjamín Netanyahu, son héroes, ni la policía, ni el juez del mundo, son unos Matones Armados con las armas más poderosas del Mundo Occidental y esta es una Guerra del Mundo Occidental contra el Oriente Medio y contra la cultura Oriental.

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