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Por Enzzo Omar Sosa

Todos se preguntarán por qué los ataques coordinados contra Nicolás Maduro en Venezuela, Nemesio Rubén Oseguera Cervantes —alias “El Mencho”— en México y el ayatolá Alí Jamenei en Irán ocurrieron en sábado. No fue casualidad. Fue una decisión calculada con precisión quirúrgica, y conviene detenerse a señalar las implicaciones de ejecutar estas operaciones en fin de semana, cuando las bolsas de valores permanecen cerradas en todo el mundo.

El mensaje es tan evidente como siniestro: se ataca cuando los mercados no pueden reaccionar, cuando los capitales están blindados por el fin de semana, cuando la sangría económica puede contenerse —al menos por unas horas— antes de que el pánico se dispare. Pero el lunes llegará, y con él, la tormenta perfecta.

Los analistas financieros ya proyectan un aumento del 9% en el crudo estadounidense cuando se reanude la negociación. El petróleo Brent, que ha subido un 20% en lo que va de año, podría escalar hasta los 100 dólares por barril si el conflicto se prolonga, lo que añadiría entre 0,6 y 0,7 puntos porcentuales a la inflación mundial. El estrecho de Ormuz, por donde transita aproximadamente el 20% del petróleo global, se ha convertido en un polvorín. Los petroleros detienen su tránsito, las aerolíneas suspenden vuelos y la OPEP+ anuncia aumentos de producción que difícilmente compensarán el miedo.

Pero el verdadero terremoto no es solo económico. Es el que sacude los cimientos religiosos, ideológicos y militares de un líder que no era un político cualquiera.


El ayatolá Alí Jamenei no era solo el líder supremo de Irán. Era la segunda máxima autoridad del chiismo global desde 1989, sucesor del ayatolá Jomeini, el padre de la Revolución Islámica. Para entender lo que su muerte significa, hay que comprender su peso específico en el mundo musulmán.

Dentro del islam existe una división mayoritaria: los suníes (aproximadamente el 85-90% de los musulmanes) y los chiíes (entre el 10% y el 15%). Los chiíes, que representan entre 180 y 300 millones de personas en todo el planeta, reconocen una línea de autoridad espiritual que desciende del profeta Mahoma a través de su primo y yerno Alí. Y dentro de esa rama, la figura del ayatolá —”signo de Alá”— ocupa la cúspide del saber religioso y la autoridad política.

Jamenei no era un líder más. Era el faqih, el jurisconsulto que, según la doctrina chií duodecimana —mayoritaria en Irán—, posee la autoridad para gobernar en ausencia del Imam oculto. Su palabra era ley para millones de creyentes, no solo en Irán, sino en Irak, donde los chiíes son mayoría; en Líbano, donde Hezbolá le jura lealtad; en Yemen, donde los hutíes siguen su línea; en Bahréin, donde la población chií vive bajo una monarquía suní; en Afganistán, Pakistán, Siria y Azerbaiyán.

Matar al líder supremo de Irán no es como eliminar a un jefe de Estado cualquiera. Es como si en Occidente asesinaran al Papa. Con una diferencia crucial: el Papa no comanda ejércitos. Jamenei, sí.

Como comandante en jefe de las Fuerzas Armadas iraníes, controlaba directamente al Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica (CGRI), una institución con más de 190.000 efectivos en activo y ramas que se extienden por todo Oriente Medio. A través de la Fuerza Quds —su brazo exterior— ha financiado, armado y entrenado a Hezbolá en Líbano, a Hamás y la Yihad Islámica en Palestina, a las milicias chiíes en Irak, a los hutíes en Yemen y a las fuerzas leales a Bashar al Asad en Siria. Esa red de aliados no es una colección de grupos dispersos: es un ejército de proxy con capacidad de desestabilizar media docena de países simultáneamente.


La televisión estatal iraní no dijo que Jamenei hubiera muerto. Dijo que había alcanzado el “martirio”. Y esa palabra no es un adorno retórico. En la teología chií, el martirio —shahada— es la forma más elevada de testimonio de fe. Los mártires no mueren: “viven junto a su Señor” (Corán 3:169). Su sangre se convierte en semilla. Y su muerte, en un llamamiento a la guerra santa.

El llamado a la yihad —que significa “esfuerzo” o “lucha”, pero que en su acepción militar se traduce como guerra santa— ya ha resonado en las mezquitas de Qom, en las predicaciones de los imanes chiíes de Irak y en los discursos de Hasán Nasrala, líder de Hezbolá. No es una amenaza retórica. Es una declaración de principios.

Los grupos que responden a este llamamiento son numerosos y están segmentados por geografías, pero unidos por la lealtad al wilayat al-faqih (gobierno del jurista). Hablamos de Hezbolá, que según estimaciones occidentales posee un arsenal de más de 150.000 cohetes y misiles, muchos de ellos de precisión. Hablamos de las milicias chiíes iraquíes agrupadas en las Unidades de Movilización Popular, con decenas de miles de combatientes que han demostrado su eficacia en la lucha contra el Estado Islámico. Hablamos de los hutíes, que han logrado mantener a raya a la coalición saudí durante años y que ahora disponen de misiles balísticos y drones de fabricación iraní capaces de alcanzar objetivos a cientos de kilómetros. Hablamos de la Yihad Islámica Palestina, que en Gaza ha librado múltiples guerras contra Israel.

Estos grupos no atacan por simpatía. Atacan por doctrina. Atacan porque su líder espiritual ha sido asesinado. Y atacan porque el martirio de Jamenei lo convierte, a sus ojos, en una causa sagrada.


Los próximos días y meses serán de una violencia difícil de calibrar. Los ataques no se limitarán a Israel o a bases estadounidenses en Oriente Medio. La segmentación de estos grupos es enorme, y su capacidad para actuar en células dormidas en Europa, América Latina o Asia no es una fantasía de guion de cine: es una realidad contrastada por los servicios de inteligencia de media docena de países.

En las últimas horas, Irán ya ha lanzado misiles contra Israel, causando víctimas mortales en Beit Shemesh y Tel Aviv. Ha atacado bases estadounidenses en Bahréin, Kuwait y Catar. Ha disparado contra embarcaciones en el estrecho de Ormuz. Y ha puesto en alerta máxima a toda la región. Francia, Alemania y Reino Unido ya se han declarado dispuestos a tomar “acciones defensivas” para destruir la capacidad de Irán de lanzar misiles y drones. La Unión Europea advierte de “consecuencias impredecibles”. Rusia, a través de Vladimir Putin, condena la “violación cínica del derecho internacional”. Turquía expresa sus condolencias al pueblo iraní. India condena los ataques contra Emiratos Árabes Unidos. El tablero global se ha incendiado.

Pero en medio de este polvorín, hay una pregunta que pocos se hacen: ¿quién pagará el precio? No serán Donald Trump ni Benjamín Netanyahu, blindados en sus búnkeres y rodeados de servicios de inteligencia. No serán los estrategas que diseñaron este “nuevo orden mundial” desde sus despachos en Washington o Tel Aviv. Serán los mismos de siempre: la gente corriente.

Las madres iraníes que llorarán a sus hijos en las próximas guerras. Los jóvenes gazatíes que se convertirán en carne de cañón. Los civiles libaneses que verán sus barrios bombardeados. Los trabajadores iraquíes que quedarán atrapados entre milicias y ejércitos extranjeros. Los musulmanes chiíes que, en cualquier rincón del mundo, serán señalados como potenciales terroristas por el simple hecho de compartir la fe del hombre al que han convertido en mártir.

Y mientras tanto, Occidente sigue con su rutina. Premios, audiencias, debates internos, polémicas domésticas. Como si el incendio en Oriente Medio no fuera a llegar a nuestras puertas. Pero los incendios, cuando se alimentan de petróleo, religión y venganza, no respetan fronteras.

Lo del ayatolá no es un episodio aislado. Es una señal. Y las señales, cuando no se leen a tiempo, suelen convertirse en incendios que devoran todo a su paso, sin preguntar de qué bando eras.

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