

Por Enzzo Omar Sosa
Mientras en las dos últimas administraciones estatales —la mini gobernatura de Miguel Ángel Yunes Linares y la de Cuitláhuac García Jiménez— los delitos de alto impacto fueron al alza, la administración de Rocío Nahle ha comenzado a mostrar una luz al final del túnel. Los números no mienten, aunque a veces se presten a interpretaciones.
De acuerdo con informes de la Secretaría de Seguridad Pública, durante los primeros seis meses de 2025 se reportó una reducción del 50.7% en homicidios dolosos respecto a 2019, y una disminución del 2% en comparación con el año anterior. Veracruz se ubica actualmente en el lugar 19 a nivel nacional, con una tasa 40% por debajo de la media nacional. Cifras alentadoras, sin duda, pero que obligan a preguntarse: ¿son fruto de una estrategia estatal sólida o responden más a los esfuerzos de una política nacional en materia de seguridad?
El secretario de Seguridad Pública, Alfonso Reyes Garcés, informó el pasado 14 de julio que el 42% de los homicidios dolosos en el estado están relacionados con el crimen organizado. El 58% restante se asocia a riñas, disputas personales o consumo de alcohol y estupefacientes. Esta división sugiere que la violencia en Veracruz tiene raíces diversas, pero no queda claro si el enfoque estatal logra abordar ambas dimensiones con eficacia.
Si a bien sabemos, grupos de la delincuencia organizada operan en el estado por la desidia de los fiscales de Yunes —Jorge Winckler Ortiz— y de Cuitláhuac —Verónica Hernández Giadáns—, quienes presumiblemente habrían pactado con la delincuencia organizada, con uno o varios grupos de esta, el panorama en Veracruz es complejo. Y lo es por su geografía, por su ubicación, por su historia.
Veracruz sirve de puente entre el sur del país y el norte. Cuenta con un sistema de carreteras interconectadas y vías férreas por las cuales puedes llegar a Estados Unidos sin tener que atravesar otro estado más que el fronterizo Tamaulipas. Pero además tiene una conexión directa con el centro del país. Desde tiempos de la colonia, la zona centro de Veracruz fue privilegiada: ahí se instaló la primera gran carretera que comunicaba el Puerto de Veracruz —la puerta de México al Mundo, pero sobre todo a España— con la capital del país. También el primer ferrocarril. Eso lo ha convertido en un punto atractivo no solo para los empresarios, sino también para los grupos de la delincuencia organizada.
La riqueza petrolera del estado ha generado además un negocio enorme de huachicol por las distintas líneas de combustible pertenecientes a Pemex que cruzan todo el territorio. Pero no solo el huachicol tradicional: el huachicol fiscal ha tenido arraigo en sus puertos, situación que agrava el interés de los grupos criminales por incursionar en un estado que de por sí ya arrastraba sus propias organizaciones de antaño.
Capítulo especial merece el Triángulo Rojo, dominado por el grupo delictivo Los Bukanas, en los límites con el estado de Puebla. Una zona de alta conflictividad que ha sido, durante años, territorio vedado para la autoridad.
A pesar de esto, el panorama es difícil, complejo, pero la experiencia de la actual gobernadora como parte del gabinete de AMLO —lidiando con los problemas de Pemex y siendo una de las secretarías con mayor poder en dicha administración— ha ayudado a consolidar un gobierno capaz que enfrenta las problemáticas no solo directamente, sino también atacando problemas en administraciones municipales vinculadas al crimen organizado. Y es que varios alcaldes, diputados locales, tanto en el centro, norte y sur del estado, se encuentran coludidos con distintos grupos. Trabajo que llevará tiempo, porque una cosa es la delincuencia organizada como comando armado, distribuidor de drogas, extorsionador, cobrador de piso, secuestrador, sicario, halcón —sea el puesto que sea—, y otra muy distinta es el servidor público: presidente municipal, síndico, regidor, director de la policía, delegado de la SSP, comandante, o incluso dentro del mismo gremio periodístico. Puntos que serán muy difíciles de atacar porque muchas veces la amistad y la complicidad están separadas por una línea muy delgada. Muchas veces la corrupción empieza por la amistad y termina en nuevos grupos de la delincuencia organizada, pero esta vez institucionales.
Los golpes recientes contra la delincuencia organizada han sido contundentes. En lo que va del año, las fuerzas de seguridad han detenido a decenas de personas vinculadas al crimen organizado. Entre las capturas destacadas están Samuel Germán, alias “El Huevo”, en Acultzingo; Julio César N., “El Cachorro”, en Tuxpan; Luis Enrique N., “El Rex”, y Eric N., “El Chiquis”, en Catemaco, cuya captura desmanteló una organización en Los Tuxtlas. También se aprehendió a Abraham N., “Doble Cero”, en Coatzacoalcos, neutralizando una célula en el sur. En marzo, 11 integrantes de otra célula delictiva fueron detenidos en la misma zona.
Los operativos han sido constantes. Solo en la última semana de octubre de 2025, fueron detenidas 53 personas por distintos delitos en 30 municipios, con decomisos de drogas, armas y vehículos. En noviembre, 28 personas más fueron detenidas, lográndose la liberación de tres víctimas de secuestro en Tamiahua, Vega de Alatorre y Papantla. En diciembre, 33 personas detenidas y el rescate de un hombre privado de la libertad en Zempoala. Entre octubre y diciembre, las cifras acumuladas superan los 200 detenidos, con aseguramientos de armas largas y cortas, miles de dosis de droga, decenas de vehículos recuperados y miles de litros de hidrocarburo asegurados.
A mi parecer, la gobernadora, si quiere disminuir el efecto de la delincuencia organizada, tendrá que empezar por sacudir a varios alcaldes —incluso de su propio color—, pero también a elementos heredados de la administración pasada tanto en la SSP como en la Fiscalía. No se trata de destituir solo por pertenecer a administraciones pasadas, sino de revalidar su desempeño y resultados. Porque “si quieres cambio verdadero, pues camina distinto”.
Y la gobernadora ha dado enormes pasos. Ha empezado no solo a caminar distinto, sino que ha empezado a bailar de manera distinta. A pesar de las críticas, se ha mostrado sincera, modesta en sus respuestas, pero estoica desde la legitimidad de sus acciones.
Una de las críticas más recurrentes que ha recibido de los medios de comunicación tiene que ver precisamente con su estilo de comunicación. Algunos señalan que sus conferencias son “frías” o “demasiado institucionales”, que le falta cercanía con la prensa. Su estrategia para lidiar con esa crisis ha sido interesante: ha empezado a bailar con el poder, aplicando a cada quien su cada cual. Ha mantenido esa estira y encoje con los medios, pero siempre muy respetuosa y ecuánime de su labor periodística, aunque a veces se vea salpicada. Situación que ha tomado con humor, como parte de la propia actividad política. Porque gobernar es también eso: saber que habrá críticas, que habrá señalamientos, y que lo importante no es evitarlos, sino sortearlos con dignidad.
Veracruz necesita una estrategia que no solo sume detenciones, sino que transforme la realidad de quienes viven bajo la sombra de la violencia. Los golpes al crimen organizado son necesarios, pero no suficientes. Mientras el crimen organizado siga detrás del 42% de los homicidios, y las riñas y adicciones alimenten el resto, la percepción de inseguridad persistirá.
La gobernadora ha empezado a caminar distinto. Ha empezado a bailar distinto. Pero la música apenas comienza, y la pista está llena de obstáculos. Habrá que ver si el ritmo se mantiene.
