de la redacción
EL BUEN TONO
ORIZABA.- El robo de un tráiler no termina cuando los delincuentes se llevan la carga. Ahí comienza otra operación: encontrar quién la reciba, dónde esconderla, cómo moverla y, finalmente, quién esté dispuesto a comprarla. Organizaciones del transporte, como la Federación Méxicoamericana de Transporte (Fematrac), han advertido que detrás del robo de mercancías existe un mercado capaz de absorber grandes volúmenes de productos y devolverlos a la circulación comercial.
La dimensión de algunos atracos obliga a mirar más allá de la carretera. Un cargamento completo de cemento, alimentos, refacciones o combustible no puede desaparecer sin dejar rastro: necesita infraestructura, compradores y canales para su distribución. El asalto representa apenas el primer eslabón. Una vez sustraída, la mercancía debe ser trasladada a un punto de recepción, almacenada y posteriormente colocada entre compradores. En ese recorrido participan distintos actores y es donde el producto robado adquiere nuevamente valor comercial.
Por ello, organizaciones transportistas han insistido en que las investigaciones no deben concentrarse únicamente en quienes interceptan las unidades. La ruta de la mercancía puede ser tan importante como la ruta del delincuente: quién la recibe, dónde la guarda, quién la transporta y quién finalmente la vende. En el caso del cemento, por ejemplo, el volumen de algunos cargamentos hace difícil imaginar una comercialización mediante ventas aisladas. Lo mismo ocurre con alimentos o mercancías que son sustraídas por toneladas y posteriormente requieren espacios para su almacenamiento y distribución.
El combustible representa otro punto de atención debido a que, una vez sustraído, también requiere una red para su traslado y comercialización fuera de los mecanismos legales. El robo de carga tiene un componente económico que va más allá del valor de lo que transporta el camión.
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