

Agencias
La reciente conversación entre Claudia Sheinbaum y Donald Trump no es un episodio aislado: refleja años de complicidad, protección y captura del Estado mexicano por parte del crimen organizado, que ahora se traduce en un problema hemisférico. Para entender la magnitud de la situación, basta con aceptar una verdad incómoda: Estados Unidos dejó de ver a México como un socio con problemas de gobernabilidad y empezó a observarlo como una infraestructura capturada.
Cada gran obra impulsada por el gobierno de López Obrador —trenes, aeropuertos, puertos, corredores energéticos— fue concebida no para mover personas o mercancías, sino para facilitar el trasiego de drogas, combustibles y flujos ilícitos. Infraestructura sin demanda económica, pero con rutas estratégicas perfectas. Washington, al conectar estos puntos, dejó de ver obras fallidas y empezó a ver plataformas operativas criminales.
El despliegue judicial y operativo reciente —caída de Ovidio Guzmán, captura del Mayo Zambada, detenciones de los hijos del Chapo— no es improvisado ni político, sino parte de una estrategia secuencial y quirúrgica: cada arresto se transforma en pieza de un caso mayor, sustentado en rutas, flujos financieros y decisiones de Estado. México, en paralelo, sigue confundiendo ruido con poder y retórica con soberanía.
La crisis con Venezuela, los vínculos con Irán y la presión de Washington no son casualidad: muestran que cuando un Estado permite que el crimen organizado sea el poder real, deja de ser soberano y pasa a ser un problema internacional. La amenaza no es militar: es asfixia económica, presión financiera, aislamiento logístico y exposición penal internacional.
En este contexto, el gobierno mexicano enfrenta un desfase estratégico grave. La retórica de la soberanía y la victimización no detiene la acción internacional; la neutralización del sistema se realiza pieza por pieza, desmontando rutas, flujos y respaldos internacionales, hasta que el sistema colapse bajo su propio peso.
Morena y el gobierno de López Obrador no están cayendo por un error electoral, sino porque su arquitectura de poder quedó expuesta: un sistema que confundió lealtad con silencio, gobernabilidad con encubrimiento y narrativa política con legalidad. La burla hacia Sheinbaum no es personal: es estructural, un reflejo de un poder que ya no decide ni controla, enfrentando consecuencias inevitables.
No es una advertencia.
Es una secuencia.
Y ya empezó.
Editorial:
¡Fácil! Los gringos ya tienen a El Mayo, al Chapo y a sus hijos detenidos, y con toda la información en mano, saben cómo el gobierno mexicano se hacía pendejo en su “lucha vs el narco”. Por eso fueron tras Maduro: el hijo del Chapo les reveló todas sus negociaciones con él y con el Cártel de Sinaloa, así como los acuerdos de ese mismo cártel con las autoridades mexicanas. Por eso, ahora van a actuar.
Ellos provocaron esta intervención al aliarse el gobierno con los narcos mexicanos.
Ya saben todo. Saben cómo el gobierno se hacía pendejo, y por eso vienen a intervenir en nuestro territorio.
Mientras tanto, Claudia sigue defendiendo la soberanía, pero a Trump le importa muy poco; para él, no se trata de política caduca ni de discursos viejos, sino de resultados.
