SANDRA GONZÁLEZ
EL BUEN TONO
ORIZABA.- Entre fotografías, platos de comida, juguetes, collares y flores de cempasúchil, cada vez más familias encuentran una manera de mantener cerca el recuerdo de sus mascotas fallecidas. La ofrenda del 27 de octubre se ha convertido en una expresión de amor que, durante la última década, ha ganado terreno en México y ha abierto un espacio para reconocer el vínculo afectivo que une a las personas con sus animales de compañía.
Aunque no se trata de una fecha oficial ni de una tradición ancestral establecida dentro del calendario indígena del Día de Muertos, la colocación de altares para perros, gatos y otros animales ha cobrado fuerza, especialmente a través de las redes sociales, los medios de comunicación y las organizaciones de protección animal. Lo que para algunas personas comenzó como una iniciativa novedosa, hoy representa una oportunidad para recordar a quienes dejaron huellas imborrables en sus hogares.
Y es que la despedida de una mascota también implica una pérdida emocional. Para muchas familias, los animales no son únicamente compañeros, sino parte de la vida cotidiana: están presentes en los momentos de alegría, ofrecen compañía durante la soledad y construyen, a su manera, una relación de confianza y afecto que permanece incluso después de su muerte.
Por ello, cada 27 de octubre, los altares se convierten en pequeños espacios de memoria donde una fotografía ocupa un lugar especial, acompañada de agua limpia, alimento, flores de cempasúchil, papel picado y algunos de los objetos que formaron parte de la vida del animal, como su collar, correa, manta o juguete favorito. También hay quienes colocan, una urna o alimento que disfutaba.
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