

Sandra González
El Buen Tono
Orizaba.- El paso peatonal del puente a desnivel de Sur 11 se ha convertido en un foco de contaminación humana y un riesgo sanitario, mientras que el presidente municipal Juan Manuel Diez Francos no ha querido enfrentar la situación y ponerle una solución. Desde hace años, el sitio está literalmente tapizado de heces fecales, orines y pestilencia, una condición indignante en una ciudad que presume “orden y limpieza”, pero que permite que una infraestructura pública funcione como letrina al aire libre.
Lejos de atender el problema de fondo, el ayuntamiento optó por la medida más cómoda y arbitraria: colocar puertas sin consultar a nadie, restringiendo el paso a cientos de vecinos que dependen del acceso todos los días. La decisión fue tomada a espaldas de la población y sin un plan real de saneamiento o vigilancia.
La vecina María Luisa Flores, de Oriente 18, ha denunciado por meses la situación: “Las paredes y escaleras están llenas de heces fecales humanas y orina, el olor es insoportable. Las autoridades ya están hartas de mis quejas, pero no hacen absolutamente nada”.
El puente -que debería estar limpio, iluminado y seguro- se mantiene oscuro, sucio, resbaloso y convertido en un riesgo constante para niñas, niños, estudiantes, adultos mayores y trabajadores. Con un piso contaminado y barandales corroídos, transitar por ahí no sólo es insalubre porque es humillante para cualquier ciudadano.
En el momento en que inicien con él cierre del acceso, agravará la movilidad porque las personas tendrán que rodear largas distancias o esperar hasta 20 minutos a que pase el tren. En horas pico, la medida es un castigo para quienes no tienen otra ruta.
La autoridad prometió entregar la llave a la jefa de manzana y permitir el paso de 06:00 a 22:00 horas. Nada de eso ocurrió. Las puertas permanecen ahí, los usuarios quedarán atrapados en el momento en que comiencen a cerrarlas, sin embargo, no se ha hecho nada por limpiar la zona por lo que seguirán conviviendo, entre la pestilencia y la negligencia gubernamental.
Mientras tanto, los problemas históricos se mantienen intactos ante un desnivel que se inunda hasta metro y medio, barandales llenos de excremento, lámparas robadas que jamás fueron repuestas y una ausencia total de limpieza, vigilancia y mantenimiento.
“Nosotros merecemos un espacio digno y no lo tenemos”, afirmó Flores, mientras vecinos recuerdan robos, jaloneos y agresiones que ocurren en la zona.
El puente, que debía facilitar la vida de la ciudadanía, hoy es el retrato más crudo del abandono municipal: una obra que se desmorona entre inmundicia, inseguridad y decisiones improvisadas que perjudican a quienes menos tienen.
