Los recientes operativos de la Marina Armada de México en la zona Centro de Veracruz, han dado sus frutos. A la fecha, cuatro “lavadores” de dinero producto del crimen organizado han sido detenidos presuntamente por sus vínculos con el grupo criminal más violento y sangriento que haya conocido la historia delictiva más reciente del país.

Al saberse de la captura de estas cuatro personas, todas jóvenes y que entre ellos hay una mujer, y todas de familias distinguidas entre lo más selecto de la sociedad cordobesa, miembros destacados del grupo empresarial y político, obviamente la noticia dada como primicia por El Buen Tono causó sorpresa y escándalo. Otros diarios, comprometidos con otros intereses menos con la verdad, manejaron al principio estas detenciones como “no verificables” y que habían “inquietado al sector empresarial”. ¿Por qué tenía que inquietarse este sector empresarial y cualquier otro, si el que nada debe nada tiene que temer?

Para nadie es un secreto que semanas antes de las detenciones el rumor público ya señalaba los nombres de los probables detenidos, lo cual resultó cierto. Así que ahora nadie se espante ni se dé por sorprendido, el efecto es consecuencia de la causa, y aquí solamente surge la intriga de ¿por qué hasta ahora la autoridad actúa sobre algo que todos sabían o sospechaban y cuando sólo faltan 40 días para que Calderón y su gobierno se vayan a su casa? Seguramente esto lo sabremos después, o como pasa siempre, que es nunca.

Pero lo principal de este escándalo que ya cimbró a la comunidad cordobesa y polarizó las opiniones, nos permite sin embargo intentar algunas reflexiones de carácter social y familiar:

En lo social, el ejemplo para miles de jóvenes necesitados o miserables, pero honestos, de que la legalidad y la justicia pueden imperar, aunque sea tardíamente. Cuando inició la “guerra” contra el crimen organizado de Calderón, muchos jóvenes que conozco y otros muy cercanos a mí fueron invitados a ingresar a las filas del equipo de los malos: algunos aceptaron por la codicia de enriquecerse apresuradamente sin importar que el dinero fuera sangriento; la mayoría para su fortuna no lo hizo, pese a que en el trayecto vieron como los que si aceptaron derrochaban dinero y presumían de sus improbables aptitudes e inteligencia por su “éxito empresarial”. Algunos lo creyeron y los trataron hasta con respeto llamándolos “jefe” y “don.

En el ámbito familiar no puede dejar de brotar por un lado el sentimiento de preocupación y por otro el de tristeza: el de preocupación, porque de repente una familia es señalada como cómplice de los delitos de uno de sus miembros, y  apellidos destacados y de abolengo se van a la basura de un plumazo. Y de tristeza, porque vemos que un núcleo familiar edificado con principios de honestidad en un ambiente de religiosidad cristiana tolera, acepta y participa de los beneficios económicos de su miembro delincuente. ¿Qué los padres no se dieron cuenta de donde entraba el dinero fácil que su hijo derrochaba y presumía. ¿Ni los familiares, algunos encumbrados en las empresas o en importantes cargos políticos? Ningún padre, aunque ya no vivan con él sus hijos, ignora a que se dedican éstos, cuáles son sus ingresos y de donde los obtienen y también cuales son su vicios.

Este asunto dará para mucho más preguntas y reflexiones; por ahora basta con que nos preguntemos: ¿Cómo fue posible que esto sucediera?