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Sandra González 

El Buen Tono 

Orizaba.- En cocinas humildes y en fogones que humean desde temprano, se avanza con olor a masa cocida y hoja caliente. En los mercados y barrios de Orizaba y la región centro de Veracruz, la antesala del Día de la Candelaria no sólo se mide en rezos y veladoras, sino en kilos de masa, manteca bien batida y guisos que hierven a fuego lento. El tamal, ese alimento ritual que atraviesa siglos, vuelve a colocarse en el centro de la mesa y de la identidad.

La base sigue siendo la misma de generación en generación: masa de maíz nixtamalizado o harina preparada, manteca de cerdo o vegetal, hojas de maíz o de plátano, caldo, sal y un relleno que define el carácter del hogar. En el principio de este 2026, los precios de estos insumos se han mantenido relativamente estables, con ligeros ajustes por inflación.

Preparar tamales en casa implica organización y tiempo, pero también ahorro. Para unas 30 piezas se requiere entre un kilo y kilo y cuarto de masa; para 50, el gasto total en ingredientes oscila entre los 600 y 850 pesos, dependiendo del relleno.

Pollo o carne de cerdo deshebrada en salsa de chile guajillo o ancho, rajas con queso, elote, o incluso versiones dulces con azúcar, siguen siendo las opciones más buscadas. El resultado: tamales a un costo menor que los comprados ya hechos, que se venden entre 23 y 26 pesos por unidad.

Más allá de los números, el ritual tiene un peso simbólico profundo. El 2 de febrero, Día de la Candelaria, la Iglesia católica conmemora la Presentación de Jesús en el Templo y la Purificación de la Virgen María, cuarenta días después del nacimiento de Cristo. Esta celebración cierra el ciclo navideño iniciado con la Rosca de Reyes y convierte la fe en un acto colectivo, donde lo religioso y lo popular se entrelazan sin conflicto.

La Candelaria simboliza a Cristo como la “luz del mundo”. Las velas bendecidas, que iluminan templos y procesiones, representan esperanza, protección y renovación espiritual.

La tradición tiene su origen en la Ley Mosaica, cuando María y José presentaron al niño Jesús en el Templo y recibieron las profecías de Simeón y Ana, episodios que siguen resonando en la liturgia actual.

En los hogares, la costumbre se materializa de otra forma: quien encontró al Niño Dios en la Rosca de Reyes asume el compromiso de organizar la tamaliza. Se viste al Niño Jesús, se lleva a bendecir a la iglesia y, al volver, se comparte la comida. No es sólo un acto de fe, es una excusa para reunirse, para reforzar lazos familiares y para transmitir saberes culinarios que no están escritos, pero se aprenden mirando y ayudando.

Así, entre hojas remojadas, masa esponjada y ollas que hierven, la Candelaria sigue viva. En un contexto de encarecimiento general de la vida, el tamal resiste como un alimento comunitario, cargado de historia, sabor y simbolismo, que recuerda que la tradición también se defiende desde la cocina.

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