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AGENCIA

EEUU.- Las acciones recientes del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, en torno a Venezuela han reavivado el debate sobre una versión actualizada de la Doctrina Monroe, planteada en 1823, bajo la premisa de “América solo para Estados Unidos”. Declaraciones como “yo estoy al mando de Venezuela” y la designación de un triunvirato estadounidense para supervisar el control político del país sudamericano han sido interpretadas como una señal explícita de la intención de la Casa Blanca de dominar los espacios de decisión de gobiernos latinoamericanos y caribeños.

De acuerdo con este enfoque, el control político no se limitaría a Venezuela. Analistas señalan que, hasta ahora, al menos 14 países del continente se encontrarían bajo una influencia directa o indirecta de Washington: Guatemala, El Salvador, Honduras, Costa Rica, Panamá, Venezuela, Ecuador, Perú, Bolivia, Paraguay, Chile, República Dominicana, Puerto Rico y Argentina.

A ello se suma la advertencia del propio Trump sobre otros territorios que considera estratégicos para una eventual anexión política formal o de facto, entre ellos Groenlandia, Canadá -al que ha llegado a referirse como un hipotético estado 51-, México, Colombia y Cuba. Nicaragua, en este esquema, ha sido calificada como un “no-país”.

El trasfondo histórico de esta postura se remonta al mensaje del presidente James Monroe ante el Congreso estadounidense el 2 de diciembre de 1823, cuando advirtió sobre las intenciones de expansión territorial de los imperios ruso y británico en el continente americano. En aquel discurso, Monroe estableció que América no debía ser objeto de futuras colonizaciones europeas, sentando las bases de una doctrina que, con el tiempo, se convirtió en un pilar de la política exterior estadounidense.

Desde finales del siglo XVIII, Estados Unidos consolidó su expansión territorial mediante compras, negociaciones y conflictos armados. En 1803 adquirió Luisiana a Francia; posteriormente incorporó territorios que pertenecían a España, como Florida y zonas de Texas y Colorado. Entre 1845 y 1848, tras una guerra con México, se anexó extensas regiones que hoy conforman gran parte del suroeste estadounidense. En 1898, Hawái se integró formalmente a la Unión Americana, cerrando un ciclo de expansión continental.

La Doctrina Monroe fue reinterpretada a lo largo del siglo XX como parte de la estrategia de seguridad nacional de Estados Unidos, particularmente desde la administración de Harry Truman en 1947. Sin embargo, críticos subrayan una contradicción central: Mientras Washington reclama al continente americano como su zona exclusiva de influencia, su política exterior no respeta la autonomía de otras regiones del mundo, manteniendo presencia e injerencia en Europa, África, Asia y Oceanía.

En este contexto, la llamada Doctrina Monroe 2.0 atribuida a Trump no solo busca blindar al continente frente al avance de potencias como Rusia y China, sino que plantea un modelo de control más directo. De acuerdo con esta visión, los gobiernos locales funcionarían como administraciones subordinadas, mientras funcionarios estadounidenses asumirían el poder real sobre las decisiones políticas estratégicas.

Este giro ha encendido alertas en América Latina y el Caribe, donde se advierte que la estrategia de Washington podría marcar una nueva etapa de intervencionismo, con impactos profundos en la soberanía regional y en el equilibrio geopolítico del continente.

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