

Agencias
Internacional.- La nueva ofensiva conjunta de Estados Unidos e Israel contra Irán marca un punto de quiebre en el ya frágil equilibrio de Medio Oriente. La magnitud de los bombardeos —dirigidos, según Washington, contra instalaciones vinculadas al programa nuclear y a la infraestructura misilística iraní— supera los episodios registrados en los últimos meses y abre un nuevo ciclo de confrontación directa entre actores estatales.
El presidente Donald Trump afirmó que el objetivo es “aniquilar la amenaza nuclear” de Teherán y reducir su capacidad de proyectar poder en la región. Por su parte, el primer ministro Benjamín Netanyahu sostuvo que la operación también busca debilitar al régimen iraní y generar condiciones para un eventual cambio político interno.
Sin embargo, los datos muestran un contexto más complejo. Irán se encuentra bajo severas sanciones económicas internacionales, con una inflación persistente, protestas sociales intermitentes y una red de aliados regionales debilitada tras los recientes conflictos que han afectado a actores como Hezbolá y Hamás. Al mismo tiempo, existían canales diplomáticos abiertos para explorar nuevas negociaciones sobre el programa nuclear, luego de la ruptura del acuerdo firmado en 2015.
El componente estratégico es evidente: impedir que Irán consolide capacidades nucleares y limitar su desarrollo de misiles de largo alcance. No obstante, el momento elegido para la ofensiva también coincide con un año electoral clave tanto en Estados Unidos como en Israel. Ambos líderes enfrentan presiones internas significativas. Trump atraviesa cuestionamientos judiciales y tensiones políticas domésticas; Netanyahu continúa lidiando con investigaciones por presunta corrupción y con un escenario electoral polarizado. Históricamente, los conflictos externos han servido para reforzar liderazgos en momentos de desgaste interno, generando cohesión nacional bajo el argumento de la seguridad.
El riesgo geopolítico es elevado. Irán respondió con el lanzamiento de misiles y drones contra objetivos israelíes y bases estadounidenses en la región, incluyendo instalaciones en países del Golfo. Una escalada sostenida podría afectar el tránsito energético en el estrecho de Ormuz, por donde circula cerca de una quinta parte del petróleo comercializado mundialmente, con impacto directo en los mercados globales y en el precio del crudo.
Más allá de los objetivos declarados, la pregunta central es si la vía militar puede realmente desmantelar un programa estratégico desarrollado durante décadas o si, por el contrario, fortalecerá la narrativa de resistencia del régimen iraní y consolidará apoyos internos frente a una agresión externa. La historia reciente muestra que los cambios de régimen inducidos por presión militar rara vez siguen trayectorias previsibles.
El Rubicón está cruzado. La apuesta es de alto riesgo y sus efectos no se medirán en días, sino en años. En un escenario internacional cada vez más tensionado y con un derecho internacional debilitado, la ofensiva contra Irán podría redefinir el equilibrio regional… o abrir una fase prolongada de inestabilidad cuyos costos humanos, políticos y económicos aún son incalculables.
