

Adriana Estrada
El Buen Tono
ORIZABA.- Lo que inicialmente se proyectó como una acción para preservar la vida silvestre se ha transformado en una amenaza ecológica de gran magnitud en la Laguna del Chirimoyo. El ingreso de maquinaria pesada, bajo instrucciones del ayuntamiento de Orizaba, desata una crisis ambiental que pone en riesgo crítico a más de 190 especies. Este cuerpo de agua no es solo un depósito de líquido, sino un pulmón natural y refugio de biodiversidad esencial para el equilibrio ecológico de la mancha urbana.
Esta intervención oficial ha echado por tierra meses de esfuerzo comunitario realizado por vecinos, voluntarios y activistas. Durante ese tiempo, los ciudadanos llevaron a cabo jornadas de limpieza artesanal para retirar residuos sin perturbar el hábitat de aves migratorias, reptiles, peces y flora endémica. Sin embargo, el uso de excavadoras ha sustituido el cuidado manual por una remoción de tierra sin contemplación ecológica, forzando a las especies a luchar por su supervivencia.
Para justificar estas acciones, el ayuntamiento ha presentado información a los residentes asegurando que, sin la intervención de maquinaria pesada, el 80 % de la ciudad corre el riesgo de inundarse. A través de presentaciones oficiales, la autoridad ha posicionado la destrucción del humedal como una medida de prevención necesaria. No obstante, activistas han denunciado estos argumentos como una narrativa falsa que busca encubrir un ecocidio disfrazado de seguridad civil.
Los colectivos ambientales sostienen que las inundaciones en Orizaba no se resuelven destruyendo humedales, sino atendiendo el sistema de drenaje y alcantarillado, el cual acusan de estar en abandono. La evidencia histórica respalda su postura: en años anteriores, incluso con labores de limpieza en la laguna, la ciudad continuó inundándose. El problema de fondo radica en una red de infraestructura obstruida por décadas y no en la presencia de la biodiversidad en el vaso regulador.
La ejecución de estos trabajos se ha llevado a cabo bajo un clima de tensión y hermetismo. Vecinos y activistas reportaron con impotencia cómo la maquinaria termina con la vida de cientos de ejemplares, mientras elementos de la Policía Municipal montaron guardia en toda la periferia de la laguna. Este despliegue de seguridad impidió el paso de los ciudadanos, bloqueando cualquier intento de rescate de fauna o supervisión civil de las labores que se realizaban en el interior.
Orizaba se enfrenta a un desastre ambiental anunciado donde la maquinaria sigue operando a costa del patrimonio natural. Mientras las especies huyen o mueren entre el lodo removido, la comunidad lamenta la pérdida de un espacio que los voluntarios habían saneado con dedicación. Lo que se presenta como una obra de prevención ha resultado ser, para los defensores del entorno, una ruptura del equilibrio ecológico que afectará la calidad de vida de la zona.
