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EU.-Hillary Clinton, aspirante demócrata a la Casa Blanca, afronta nuevas dudas sobre su honestidad. Desde que en abril anunció su candidatura a las presidenciales de 2016, el goteo es incesante: donativos interesados a su fundación filantrópica, cobros millonarios por sus discursos y por los de su marido, el ex presidente Bill Clinton, correos electrónicos ocultos en su etapa como secretaria de Estado. Por ahora nadie ha probado ninguna ilegalidad y los efectos en los sondeos son mínimos. Los Clinton son una presencia constante para los estadounidenses desde hace décadas. Sus falsos y verdaderos escándalos, de Whitewater a Lewinsky, forman parte del vocabulario político de este país.

Una imagen, próxima a la caricatura, se ha afianzado con los años en el mundo mediático y político: la de una pareja, Bill y Hillary Clinton, siempre al filo de la legalidad o de lo éticamente aceptable. Con los Clinton, que llevan casi cuarenta años en el poder o en sus aledaños, cada gesto es susceptible de llevar una intención oculta; cada negocio, un indicio de corrupción.

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