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AGENCIA

Villahermosa.- Mientras Petróleos Mexicanos mantiene su producción de petróleo y procesamiento de gas en diversos complejos, comunidades del centro y norte de Tabasco enfrentan una crisis silenciosa: enfermedades respiratorias, afectaciones a cultivos y un entorno marcado por la quema constante de gas que ilumina las noches.

El pasado 17 de marzo, un incendio en la Refinería Olmeca volvió a colocar a Dos Bocas en el foco público. Sin embargo, para los habitantes de la región, ese episodio es solo el reflejo más reciente de un problema persistente: el flaring, práctica que consiste en la quema masiva de gas asociado las 24 horas del día.

Desde 2019, tras el impulso energético promovido por el expresidente Andrés Manuel López Obrador, Tabasco experimentó un nuevo auge petrolero. La producción pasó de 200 mil barriles diarios en 2018 a más de 500 mil en 2023 y 2024, lo que incrementó también la liberación de gas.

De acuerdo con Manuel Tello, de la organización Cartocrítica, el volumen de gas quemado en tierra se ha duplicado desde entonces, concentrando Tabasco el 85% del flaring en México. A nivel global, el país ocupa el noveno lugar en quema de gas, con cerca de 194 mil millones de pies cúbicos al año, según el Observatorio Global de Flaring.

Más allá de las cifras, el impacto es directo en la salud. Estudios citados por Cartocrítica señalan que en zonas cercanas a estas emisiones el riesgo de anomalías cromosómicas en recién nacidos aumenta hasta 87%, además de incrementarse las malformaciones congénitas, partos prematuros y casos de bajo peso al nacer.

Entre los municipios de Teapa, Jalapa y Centro, los habitantes han denominado “triángulo de fuego” a la franja donde operan baterías y pozos como Agave, Samaria y Bakté. Ahí, el ruido constante, el calor y los gases forman parte de la vida diaria.

Testimonios de pobladores evidencian la magnitud del problema. Jornaleros denuncian que “hay días en que no anochece” por la intensidad de las llamas, mientras que familias reportan olores insoportables, vibraciones en sus viviendas y enfermedades recurrentes, especialmente en niños y adultos mayores.

El impacto también golpea la economía local. Productores agrícolas señalan que la lluvia ácida generada por el flaring está dañando cultivos, particularmente el plátano, considerado durante años el “oro verde” de la región. La calidad del fruto ha disminuido y las pérdidas se agravan por fenómenos extremos como tornados, asociados al choque de corrientes de aire caliente.

Especialistas advierten que la problemática se agrava por la falta de monitoreo ambiental. A pesar de contar con múltiples complejos de procesamiento de gas y actividad petrolera intensiva, Tabasco dispone de apenas un equipo de medición de calidad del aire, sin registros continuos en zonas críticas.

Las protestas de habitantes en municipios como Paraíso, Comalcalco y Nacajuca reflejan el creciente descontento social ante lo que expertos califican como “zonas de sacrificio”, donde la producción energética avanza a costa de la salud y el entorno de miles de familias.

La situación, lejos de resolverse, mantiene a Tabasco en una encrucijada: entre el impulso a la industria petrolera y el deterioro ambiental que amenaza el futuro de sus comunidades.

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