—Por Enzzo Omar Sosa
Vivimos en el País del ya mérito, del ya casi, del estuvimos a nada pero no se pudo, del se jugó como nunca y se perdió como siempre, del ganamos, perdimos, del producto nacional les metimos. Un país donde el diccionario popular está lleno de frases hechas que nos consuelan más que nos impulsan, que nos anestesian más que nos despiertan. Frases que nos han vendido como píldoras de autoayuda colectiva para digerir la derrota sin atragantarnos, para mirarnos al espejo y decirnos que casi somos mejores de lo que somos.
Pero el casi no alimenta. El casi no construye estatuas. El casi no llena estadios de gloria, los llena de resignación.
México tiene una oportunidad histórica, al menos en el papel. Este Mundial 2026 se juega en casa, o por lo menos eso parece: de los tres países organizadores, solo nosotros tenemos tradición futbolística de verdad. Canadá y Estados Unidos crecen, sí, pero su crecimiento es hijo de la demografía y el mercado: la cultura latina conquista espacios en sus territorios, y tanto gobiernos como empresas saben que negocio es negocio. La FIFA, ese monstruo de mil cabezas corporativas, eligió a estos tres países por una razón clara: los dos primeros capitalistas del mundo y México, ese socio incómodo que se acerca al capitalismo con frenos de mano estatales pero que al final del día acepta la máxima del laissez faire, laissez passer. Porque la FIFA no negocia con ideologías, negocia con concesiones. Y tanto Canadá como Estados Unidos como México han cedido a sus exigencias y chantajes, desde visados hasta exenciones fiscales, con tal de que el negocio ruede. Incluso Irán y algunos países de Medio Oriente han tenido que negociar el ingreso de sus jugadores a territorio estadounidense, una situación que demerita al organizador pero que el show debe continuar.
En el papel, México ha sido el mejor anfitrión. El alma de la fiesta. El que pone el sazón, la calidez, el grito. Y a la par, su mejor actuación en un Mundial: fase de grupos perfecta, seis goles a favor, cero en contra, tres de tres, invictos. Las redes sociales estallan. El streaming multiplica los festejos. Una generación que nunca vivió un Mundial en su país comienza a creer. La ilusión renace entre la afición mexicana, como un ave fénix que se levanta de las cenizas de los últimos mundiales, esas páginas oscuras donde ni siquiera pasamos la primera ronda.
Pero, ¿por qué nos cuesta tanto creer?
Porque mientras equipos como Brasil, Alemania, Argentina, se les exige ganar y ser campeones con el nuestro siempre es lo mismo. Porque siempre nos han dejado esa sensación de ahora sí, este es nuestro momento, jugamos súper bien, tenemos estrellas, nos toca trascender. Y luego, el golpe. El gol de último minuto. Los penales. El no era penal. El árbitro. El no metieron al que debían. El se jugó a defender. El nos reservamos para el final y ya no nos alcanzó. Mil excusas insípidas y bastardas que nos han vendido a lo largo de nuestra generación. Frases que son condenas, porque nos encasillan a repetir una y otra vez la misma historia.
Mi generación —la Generación X, la que ya vio cinco o seis mundiales— creció amando el fútbol en las canchas más humildes: en cascaritas, en la escuela, en los barrios, en un baldío, a la orilla de la vía del tren, en una calle privada, en un callejón. Hoy, en su mayoría, el fútbol solo se puede practicar en escuelas de paga, a través de filiales que replican el negocio. Las escuelas formales no lo llevan como materia, sino como pasatiempo; prefieren enseñar basquetbol o voleibol antes que nuestro deporte nacional. Algunas privadas se rehúsan a tener equipos de competencia.
Yo mismo, ahora, pago para que mi hijo menor estudie en dos escuelas de fútbol. No hay de otra. Porque a mí, de niño, me dijeron que no viviría de eso. Y ahora, como padre, desquito esa carencia. Pero más allá del drama personal y la anécdota, el fútbol se ha mimetizado en la cultura de nuestro país. Nos ha desgastado como generación. Esa misma generación que impulsó el cambio de régimen, que protestó en el 2012, que canceló a Televisa y TV Azteza por ser parte del teatro y el show que, a la par, forma parte de la FIFA. Porque sabemos que el fútbol es el mayor circo con el que se domina al pueblo. Lo sabemos. Y aún así, en el fondo, cualquiera de izquierda o de derecha quiere ver a su equipo campeón del mundo.
¿Y si, sí?
¿Y si, en lugar de esperanza ciega, exigimos a la Femexfut que nos brinde mejores resultados? ¿Que democraticen el fútbol, que inviertan lo que ganan en escuelas, en formación, en infraestructura, para que no seamos los padres quienes tengamos que desangrar nuestros bolsillos para que nuestros hijos toquen un balón? ¿Y si, sí, exigimos a la Presidenta Claudia Sheinbaum y a las autoridades educativas el mejoramiento de las escuelas y los espacios públicos para jugar? ¿Recuperar la seguridad en el país para que nuestros hijos y los hijos de nuestros vecinos puedan salir nuevamente a jugar en el callejón, en el baldío, a la orilla de la playa, en una calle cerrada? Para que el fútbol florezca de nuevo desde la raíz, no desde el marketing.
¿Y si, sí, nos armamos de valor y, en lugar de esperar pasivamente, les exigimos a los jugadores que salgan a la cancha a cumplir con un pacto generacional?
Y si, sí, esta vez, dejamos atrás las frases condenadas y escribimos una nueva. No para el marketing, no para el rating, no para la FIFA. Para nosotros. Para los que jugamos en el polvo. Para los que aún sentimos que un balón puede cambiar el rumbo de un país, aunque sea por noventa minutos.
Esta vez, no les pedimos que ganen. Les pedimos que nos devuelvan la memoria. Que jueguen como si el baldío de la infancia los estuviera viendo. Como si su abuelo, su padre, su hermano, su hermana, su abuela y su madre estuvieran en las gradas. Pero sobre todo, que jueguen por ellos mismos. Por el amor que se tienen, por la gana de trascender, por el amor a este país que es suyo, por su historia, por la suma de todas las historias individuales que ahora se han juntado para culminar en una aún más épica.
Que si ganan, nos regalen el silencio de una hazaña que no necesita explicación. Que la hazaña hable por sí sola.
Y que si pierden, que se vayan en silencio, en el silencio más absoluto y sepulcral, porque fuimos presos de nuestros fantasmas. Volvieron a dejarnos cuatro años más en la oscuridad, en estas tinieblas, esperando que alguien, por fin, tenga los méritos suficientes para romper con la maldición mexicana dentro de los mundiales, porque sus nombres y sus historias serán borrados de la memoria colectiva, así como la de sus ancestros, porque el País, por México ya tiene muchos de esos en sus cajones, nadie los recuerda, nadie los evoca, nadie quiere ser ellos.
