Luis Adalberto Maury Cruz
lmaury_cruz@hotmail.com
En la Tercera Modernidad, las guerras ya no se libran exclusivamente sobre el territorio ni se deciden únicamente por la superioridad militar. El centro de gravedad del conflicto se ha desplazado hacia un espacio mucho más profundo: la subjetividad. La disputa estratégica ya no consiste solamente en controlar recursos, fronteras o infraestructuras, sino en determinar cómo los individuos interpretan la realidad, qué aceptan como verdadero y quién posee la autoridad para definir los criterios de aceptación. La guerra del siglo XXI es, antes que nada, una guerra mental.
Esta transformación obliga a replantear el papel de la filosofía y del conjunto de las disciplinas científicas y humanísticas. Tradicionalmente, la historia del pensamiento ha concebido el desarrollo de las disciplinas como una expansión progresiva del saber, situando a la epistemología como el campo encargado de estudiar las condiciones que hacen posible el conocimiento. Sin embargo, la comprensión del poder contemporáneo exige reconocer que los Estados y las élites globales no sólo administran la producción del conocimiento; también gestionan, organizan y difunden formas de ignorancia deliberada. El poder ya no reside únicamente en producir saber, sino también en decidir qué debe ignorarse, qué puede conocerse y bajo qué condiciones puede ser comprendido.
La revolución tecnológica ha intensificado este proceso. La inteligencia artificial, los algoritmos, las plataformas digitales, el análisis masivo de datos y las ciencias cognitivas han convertido a la subjetividad en un auténtico teatro de operaciones. El objetivo ya no es únicamente persuadir ni imponer una narrativa dominante, sino intervenir los procesos mediante los cuales las personas perciben, interpretan y reaccionan frente a la realidad y ante la información. No se pretende únicamente establecer una «verdad», sino configurar los marcos mentales que condicionan la manera en que esa información será procesada, aceptada o rechazada. La propaganda ha evolucionado hacia una forma mucho más sofisticada de ingeniería de la subjetividad.
No resulta casual que las grandes potencias inviertan crecientemente en inteligencia artificial, plataformas digitales, laboratorios de datos, medios de comunicación y capacidades de guerra mental. Han comprendido que quien logra moldear la percepción de la realidad antes de que ésta sea comprendida por una sociedad obtiene una ventaja estratégica superior, y muchas veces más duradera, que la proporcionada por cualquier arsenal convencional.
Desde esta perspectiva emerge una pregunta fundamental para comprender la geopolítica y la condición del individuo en la Tercera Modernidad: ¿cuál es la función de la epistemología y de la agnotología en una guerra mental contemporánea? Si la primera estudia las condiciones que hacen posible el conocimiento, la segunda analiza los mecanismos mediante los cuales se produce y administra la ignorancia. Ambas constituyen hoy dos dimensiones complementarias de un mismo fenómeno: la disputa por el control de la mente como nuevo espacio de poder.
Un concepto de guerra mental
En este horizonte analítico, la guerra mental se define como una estrategia geopolítica y política contemporánea que despliega un poder relacional sobre la subjetividad humana. No se limita a manipular percepciones individuales, sino que interviene en los niveles cognitivos, emocionales, conductuales y civilizatorios, configurando imaginarios colectivos, percepciones, identidades y valores. La mente constituye un ámbito de la guerra y, al mismo tiempo, un contenido central de la doctrina militar contemporánea.
En la Tercera Modernidad, donde la información y el exceso de ruido compiten con la comprensión, la soberanía se dirime en la guerra mental. La soberanía es la capacidad de un Estado de una civilización y de sus sujetos para construir un horizonte propio de sentido, resistiendo las narrativas impuestas y preservando la autonomía del juicio crítico en un mundo en constante transformación. Esta concepción amplía, sin sustituirla, la definición clásica, según la cual la soberanía constituye el poder supremo, originario, indivisible e independiente que posee el Estado para ejercer su autoridad sobre un territorio y una población, sin estar subordinado a otro poder interno o externo.
La epistemología: el poder de definir la realidad
Si la guerra mental contemporánea tiene como propósito intervenir la manera en que los individuos y las sociedades perciben, interpretan y actúan sobre la realidad, entonces la primera disciplina que adquiere una dimensión estratégica es la epistemología. En la Tercera Modernidad, el conocimiento deja de ser únicamente un problema filosófico para convertirse en un recurso estratégico. La pregunta ya no es solamente qué conocemos, sino quién define las condiciones desde las cuales una sociedad puede conocer.
En las modernidades precedentes, el poder descansaba fundamentalmente en el control del territorio, la capacidad productiva y la superioridad militar. En la Tercera Modernidad, caracterizada por la digitalización del poder, la inteligencia artificial, la economía del dato y la competencia entre civilizaciones, el conocimiento constituye uno de los principales activos estratégicos. Ya no basta con dominar los mares, las rutas comerciales, las finanzas o el espacio ultraterrestre; resulta indispensable influir en la arquitectura mental desde la cual los individuos interpretan el mundo y toman decisiones.
Las raíces filosóficas de esta problemática, en Occidente, pueden rastrearse hasta Platón, quien distinguió entre la doxa (opinión) y la epistéme (conocimiento). Mientras la opinión depende de percepciones contingentes y fácilmente manipulables, el conocimiento exige razones que vinculen las creencias con la verdad (Platón, ca. 380 a. C./2010). Sin embargo, la experiencia política demuestra que la verdad, por sí misma, no produce hegemonía y, en ocasiones, deriva en tragedias. Un conocimiento carente de legitimidad social o de capacidad de resonancia pública puede quedar relegado frente a narrativas que, aun siendo falsas o falaces, logran movilizar emociones, producir consensos y orientar la acción colectiva. En geopolítica y política, la eficacia simbólica suele imponerse sobre la consistencia argumentativa.
En esta misma línea, Luis Villoro sostuvo que conocer implica disponer de razones objetivamente suficientes para justificar una creencia (Villoro, 1982/2008). El conocimiento no constituye un privilegio intelectual, sino la condición que hace posible una acción racional, libre y responsable. La guerra mental busca precisamente erosionar esa condición: sustituye las razones por estímulos emocionales, el juicio crítico por respuestas automáticas y la deliberación pública por dinámicas algorítmicas que privilegian la viralidad sobre la veracidad.
Por ello, el objetivo estratégico ya no consiste únicamente en difundir información verdadera o falsa, sino en intervenir los marcos epistemológicos mediante los cuales una sociedad distingue entre verdad y mentira, evidencia y opinión, conocimiento y propaganda. El auténtico campo de batalla no son los hechos, sino las categorías mentales desde las cuales esos hechos adquieren significado y sentido.
En este contexto, los algoritmos, la inteligencia artificial y las plataformas digitales han dejado de ser simples herramientas tecnológicas para convertirse en auténticos dispositivos epistemológicos de poder. No sólo organizan el flujo de información; también jerarquizan contenidos, modelan la atención, condicionan la memoria colectiva y delimitan aquello que puede adquirir legitimidad dentro del espacio público. La infraestructura digital constituye hoy una auténtica infraestructura de poder mental.
Desde una perspectiva geopolítica, Alexander Dugin sostiene que la transición hacia un orden multipolar implica también el surgimiento de una multipolaridad epistemológica. Ninguna civilización puede aspirar a una soberanía plena si interpreta el mundo exclusivamente mediante categorías elaboradas por otra civilización o por otra cultura. La disputa contemporánea ya no enfrenta únicamente Estados o bloques económicos; enfrenta modelos civilizatorios, cosmovisiones y formas diferenciadas de comprender la historia, la política, el poder y la naturaleza humana (Dugin, 2012).
Así, la función de la epistemología en la guerra mental contemporánea consiste en disputar el monopolio de la producción legítima del conocimiento. Quien establece los criterios mediante los cuales una sociedad distingue entre lo verdadero y lo falso, entre lo legítimo y lo ilegítimo, termina condicionando sus decisiones políticas, económicas, culturales y estratégicas. Como enseñó Platón, sin conocimiento sólo prevalece la opinión; como demostró Villoro (1982/2008), sin razones compartidas no existe verdadero saber; y como advierte Dugin (2012), ninguna civilización puede preservar su soberanía si renuncia a pensar con categorías propias.
En la geopolítica de la Tercera Modernidad, la primera soberanía es epistemológica, porque quien define la realidad posee, en buena medida, la capacidad de orientar el destino de quienes la habitan.
La agnotología: el poder de gestionar la ignorancia
Si la epistemología constituye el fundamento desde el cual una sociedad produce y legitima el conocimiento, la agnotología representa su reverso estratégico: el estudio de los mecanismos mediante los cuales la ignorancia es producida, administrada y socialmente distribuida. El historiador de la ciencia Robert N. Proctor demostró que la ignorancia no siempre deriva de la ausencia de información; con frecuencia es el resultado de procesos deliberados destinados a impedir que determinados conocimientos sean producidos, circulen libremente ni adquieran legitimidad pública (Proctor y Schiebinger, 2008). En la guerra mental contemporánea, producir ignorancia resulta tan importante como producir conocimiento.
En la Tercera Modernidad, la agnotología se ha convertido en uno de los principales instrumentos de la guerra cognitiva. El propósito ya no consiste únicamente en convencer al adversario ni en imponer una narrativa dominante; resulta mucho más eficaz impedir que una sociedad pueda construir marcos interpretativos propios. La función estratégica de la agnotología consiste, precisamente, en administrar la incertidumbre, fragmentar la capacidad crítica y desarticular las condiciones intelectuales que hacen posible una comprensión autónoma de la realidad; en otras palabras, hacer maleable la subjetividad.
Esta lógica fue anticipada por José Revueltas, quien comprendió que toda estructura de dominación requiere producir sujetos incapaces de interpretar históricamente su propia condición. En Ensayo sobre un proletariado sin cabeza, sostiene que una sociedad privada de conciencia histórica pierde también su capacidad de acción política autónoma (Revueltas, 1962/1983). La ignorancia deja así de ser una simple carencia educativa para convertirse en una condición estructural de la dominación.
La revolución digital ha profundizado este fenómeno. Byung-Chul Han advierte que el exceso de información no produce necesariamente mayor conocimiento. Por el contrario, la hipercomunicación genera saturación mental, dispersión de la atención y erosiona la capacidad de reflexión crítica (Han, 2012, 2022). La paradoja de nuestro tiempo consiste en que nunca había existido tanta información disponible y, simultáneamente, tanta dificultad para comprender el mundo. La sobreinformación termina funcionando como una sofisticada tecnología de la ignorancia.
A esta dinámica se suma lo que Zygmunt Bauman denominó la modernidad líquida. La volatilidad de los vínculos sociales, la aceleración del tiempo y la precariedad de las referencias colectivas producen sujetos cada vez más expuestos a estímulos inmediatos y menos inclinados a construir conocimiento duradero (Bauman, 2000). Cuando la memoria histórica se debilita y el presente se vuelve permanente, la manipulación deja de requerir censura: basta con sustituir el análisis por el flujo ininterrumpido de información.
Desde una perspectiva geopolítica, esta transformación posee profundas implicaciones estratégicas. Una sociedad incapaz de sostener procesos prolongados de reflexión resulta especialmente vulnerable a las operaciones psicológicas, la manipulación algorítmica, la ingeniería del consenso y las campañas de influencia. La ignorancia deja de ser un efecto secundario del sistema para convertirse en un activo estratégico.
Así, la agnotología opera mediante mecanismos cada vez más sofisticados: saturación informativa, fragmentación del debate público, sustitución del razonamiento por respuestas emocionales, relativización de la verdad, descrédito selectivo de las instituciones científicas, banalización del lenguaje, algoritmos capaces de decidir qué puede hacerse visible y qué permanecerá invisible, así como prácticas de censura selectiva ejercidas por administradores de plataformas digitales. Su propósito no consiste en ocultar completamente la realidad, sino en volverla tan compleja, contradictoria y fragmentada que resulte prácticamente imposible construir una interpretación coherente de ella.
Por ello, la guerra mental contemporánea ya no busca únicamente imponer una narrativa hegemónica. Su objetivo consiste también en impedir que emerjan las condiciones epistemológicas necesarias para formular una narrativa alternativa y paralizar el pensamiento crítico. La victoria no depende exclusivamente de convencer al adversario, sino de incapacitarlo para pensar de manera estratégica y crítica.
No obstante, la subjetividad no constituye un espacio completamente pasivo ni absolutamente moldeable. La historia demuestra que toda estrategia de dominación encuentra límites en la capacidad humana para reconstruir críticamente el sentido de la experiencia. La guerra mental puede condicionar percepciones, emociones e imaginarios, pero no elimina por completo la posibilidad de que los individuos recuperen la autonomía de su juicio. El pensamiento crítico, la educación filosófica, la alfabetización mediática y la memoria histórica fortalecen la facultad de distinguir entre información y conocimiento, entre persuasión y manipulación, permitiendo que el sujeto recupere su condición de agente consciente dentro del conflicto cognitivo.
Desde esta perspectiva, la resiliencia mental constituye una dimensión esencial de la soberanía personal. No se trata únicamente de resistir la desinformación o las campañas de influencia, sino de desarrollar la capacidad permanente de examinar críticamente las propias creencias, contrastar evidencias y mantener una actitud reflexiva frente al flujo incesante de estímulos digitales. Una sociedad cuyos individuos conservan estas competencias posee mayores posibilidades de preservar su autonomía intelectual frente a las operaciones de guerra mental, pues la defensa de la conciencia comienza allí donde el sujeto mantiene viva la capacidad de pensar por sí mismo y de dialogar críticamente con su propia tradición y con las narrativas que pretenden sustituirla.
Si la epistemología constituye el poder de producir conocimiento, la agnotología representa el poder de producir ignorancia. Ambas conforman los dos polos de una misma disputa por el control de la conciencia. Como advirtió Revueltas, una sociedad sin conciencia histórica termina subordinándose al poder; como demuestra Byung-Chul Han, el exceso de información puede destruir la capacidad de comprender; y como explica Bauman, la liquidez de la vida contemporánea debilita la memoria y el juicio crítico.
En la geopolítica de la Tercera Modernidad, la ignorancia ha dejado de ser una ausencia de conocimiento para convertirse en una auténtica tecnología del poder. Quien logra organizar la ignorancia colectiva no necesita controlar todos los hechos; le basta con impedir que las sociedades puedan comprenderlos de manera autónoma.
Sobre la soberanía
Nos encontramos ante una de las transformaciones más profundas de la historia de la humanidad. Las guerras del pasado buscaban conquistar ciudades, controlar territorios o destruir la capacidad militar del adversario. Las guerras del presente persiguen un objetivo mucho más profundo: intervenir la forma en que las personas perciben, interpretan y habitan el mundo. Antes se ocupaban espacios geográficos; hoy se disputan imaginarios, memorias, expectativas y horizontes de sentido. El propósito ya no consiste únicamente en derrotar ejércitos, sino en condicionar las decisiones de los individuos y de sociedades enteras sin necesidad de recurrir permanentemente a la fuerza física.
Esta mutación explica una de las grandes paradojas de nuestro tiempo: nunca la humanidad había tenido acceso a semejante volumen de información y, sin embargo, nunca había resultado tan difícil distinguir entre conocimiento, opinión, propaganda y manipulación. La ignorancia surge tanto del silencio, de la censura como del exceso, la fragmentación y el ruido informativo. Allí donde todo parece conocerse, comprender se convierte en el recurso más escaso.
En este contexto, pensar por cuenta propia deja de ser un simple ejercicio intelectual para convertirse en un acto de soberanía personal. Pero esa autonomía no significa aislarse de los demás ni encerrarse en un individualismo autorreferencial. Pensar desde sí mismo implica reconocerse como un sujeto histórico, cultural y relacional, cuya identidad se constituye en diálogo con la memoria de su propia civilización y en apertura crítica hacia otras. La autonomía no consiste en negar la tradición, sino en comprenderla, actualizarla y proyectarla creativamente hacia el futuro.
Desde esta perspectiva, la soberanía ya no puede reducirse al monopolio de la fuerza ni al control del territorio. La Tercera Modernidad obliga a distinguir dos dimensiones complementarias. La primera es la soberanía epistemológica: la capacidad de una civilización para producir conocimiento, construir categorías propias de interpretación y preservar la autonomía de sus procesos educativos, científicos, tecnológicos y culturales. La segunda es la soberanía agnotológica: la capacidad de impedir que actores externos organicen la ignorancia mediante algoritmos, plataformas digitales, industrias culturales u operaciones psicológicas destinadas a desarticular la conciencia histórica y la capacidad crítica de una sociedad.
Ambas dimensiones convergen en una misma realidad. Un Estado difícilmente conservará su autonomía estratégica si sus ciudadanos han perdido la facultad de pensar desde sus propios referentes culturales; del mismo modo, ninguna persona puede ejercer plenamente su libertad cuando interpreta el mundo exclusivamente mediante categorías impuestas desde centros de poder ajenos a su experiencia histórica. La soberanía colectiva y la soberanía personal no son procesos independientes; se sostienen y se fortalecen mutuamente.
La guerra mental contemporánea revela, así, que la defensa más profunda de una civilización no comienza en sus fronteras, sino en la conciencia de quienes la integran. Allí donde una comunidad conserva la capacidad de producir conocimiento, reconocer críticamente su tradición y resistir la fabricación deliberada de la ignorancia, preserva también la posibilidad de decidir libremente su propio destino. En la Tercera Modernidad, la soberanía ya no es únicamente una condición jurídica del Estado; es, ante todo, una condición existencial, cultural y relacional de la persona y de la civilización a la que pertenece.
Algunas conclusiones
La soberanía del siglo XXI ya no puede entenderse exclusivamente como una categoría jurídico-política o territorial. En la Tercera Modernidad incorpora una dimensión epistemológica insoslayable. Un Estado que depende de categorías analíticas, plataformas tecnológicas, algoritmos, sistemas de información y marcos interpretativos producidos por otras civilizaciones o culturas conserva, en el mejor de los casos, una soberanía formal, pero difícilmente una autonomía estratégica. Desde una perspectiva civilizatoria, la independencia exige la capacidad de producir conocimiento propio, preservar la memoria histórica, desarrollar tecnologías soberanas y elaborar categorías conceptuales acordes con su experiencia histórica y cultural. La defensa del territorio comienza hoy por la defensa de la capacidad de comprenderlo.
La soberanía estatal resulta inseparable de la soberanía personal. Ningún Estado puede sostener una autonomía duradera si sus ciudadanos han perdido la capacidad de pensar críticamente desde los referentes culturales e históricos de su propia civilización. La guerra mental busca precisamente fracturar esa autonomía mediante la sustitución del razonamiento por respuestas emocionales, la saturación informativa y la administración estratégica de la ignorancia. La verdadera resistencia comienza cuando el individuo recupera la facultad de discernir, contrastar evidencias y elaborar juicios propios. En este sentido, el pensamiento crítico deja de ser únicamente una competencia intelectual para convertirse en un acto de soberanía personal y, simultáneamente, en un recurso de seguridad nacional.
La guerra mental contemporánea se libra en la tensión permanente entre epistemología y agnotología. La primera produce las condiciones para comprender la realidad; la segunda organiza las condiciones para volverla incomprensible. De la capacidad de una civilización para fortalecer sus instituciones educativas, científicas, tecnológicas y culturales dependerá que el conocimiento prevalezca sobre la ignorancia organizada. La soberanía, tanto del Estado como del individuo, no se preserva únicamente mediante la fuerza militar o el crecimiento económico, sino mediante la construcción de una conciencia crítica capaz de interpretar el mundo con categorías propias.
En la geopolítica de la Tercera Modernidad, la primera línea de defensa ya no se encuentra en las fronteras físicas, sino en la autonomía del pensamiento. Una civilización que renuncia a pensar por sí misma termina, tarde o temprano, gobernada por las categorías, los intereses y las narrativas de otros. Por ello, la soberanía epistemológica constituye hoy el fundamento tanto de la soberanía estatal como de la libertad personal.
Referencias
Bauman, Z. (2000). Liquid Modernity. Polity Press.
Dugin, A. (2012). The Fourth Political Theory. Arktos.
Dugin, A. (2015). Last War of the World-Island: The Geopolitics of Contemporary Russia. Arktos.
Han, B.-C. (2012). La sociedad del cansancio. Herder.
Han, B.-C. (2022). Infocracia. La digitalización y la crisis de la democracia. Taurus.
Platón. (2010). Teeteto (Á. Vallejo Campos, Trad.). Gredos. (Obra original escrita ca. 380 a. C.).
Platón. (2011). Menón (F. J. Olivieri, Trad.). Gredos. (Obra original escrita ca. 380 a. C.).
Proctor, R. N., & Schiebinger, L. L. (Eds.). (2008). Agnotology: The Making and Unmaking of Ignorance. Stanford University Press.
Revueltas, J. (1983). Ensayo sobre un proletariado sin cabeza. Ediciones Era. (Obra original publicada en 1962).
Villoro, L. (2008). Creer, saber, conocer (22.ª ed.). Siglo XXI Editores. (Obra original publicada en 1982).
