JavaScript must be enabled in order for you to see "WP Copy Data Protect" effect. However, it seems JavaScript is either disabled or not supported by your browser. To see full result of "WP Copy Data Protector", enable JavaScript by changing your browser options, then try again.
PUBLICIDAD publicidad

Modernidad

Luis Adalberto Maury Cruz

lmaury_cruz@hotmail.com

Toda época produce un tipo particular de ser humano. La Primera Modernidad transformó al súbdito en ciudadano; la Segunda Modernidad consolidó al trabajador y al consumidor de la sociedad industrial; la Tercera Modernidad, caracterizada por la digitalización de la vida, la inteligencia artificial, la soberanía de los datos y la transición hacia un orden multipolar, está configurando un nuevo sujeto histórico cuya cualidad predominante es la del usuario y no la del propietario. En este proceso emerge y se desarrolla la figura del adolescente tardío.

El adolescente tardío no constituye una categoría biológica, sino una condición antropológica y cultural vinculada al hiperindividualismo, a la dependencia del reconocimiento digital, a la gratificación inmediata y a la dificultad para construir proyectos de vida trascendentes. Este fenómeno representa uno de los principales malestares culturales de nuestro tiempo y uno de los escenarios privilegiados de la guerra mental.

Sobre los malestares culturales y la neotenia

Los grandes malestares culturales de la Tercera Modernidad no son hechos aislados, sino el resultado de una profunda transformación en la manera en que los individuos construyen su identidad. El hiperindividualismo, la fragilidad de los vínculos, la inmediatez convertida en norma, la búsqueda permanente de validación y el debilitamiento de las instituciones tradicionales han configurado una subjetividad marcada por la incertidumbre y el vacío existencial.

Como sostiene Zygmunt Bauman (2003), la modernidad líquida disuelve las certezas y convierte las relaciones humanas en vínculos transitorios. Por su parte, Byung-Chul Han (2012) muestra cómo el sujeto contemporáneo termina explotándose a sí mismo bajo la lógica del rendimiento, la competencia y la autoexposición permanente.

Roger Bartra (1987) explica que la identidad requiere mediaciones simbólicas capaces de dotar de sentido a la existencia. Cuando estas se erosionan, el individuo busca nuevas formas de pertenencia que, con frecuencia, se reducen al consumo, la imagen y el reconocimiento digital. El resultado es una identidad cada vez más frágil y dependiente de estímulos externos.

Es en este contexto donde la neotenia adquiere un significado decisivo. Desde la biología evolutiva, este concepto designa la conservación de rasgos juveniles durante la vida adulta y constituye una ventaja adaptativa al prolongar la capacidad de aprender, crear y transformarse. Sin embargo, cuando esta apertura biológica deja de estar acompañada por procesos continuos de formación ética, cultural y comunitaria, así como por un proceso permanente de aprendizaje, puede convertirse en una vulnerabilidad. La fortaleza evolutiva del ser humano puede terminar favoreciendo la prolongación de la inmadurez.

Como afirmaba Arnold Gehlen (1987), el hombre es un ser biológicamente inacabado cuya realización depende de la cultura; en términos semejantes, Ortega y Gasset (1964) recordaba que «el hombre no tiene naturaleza, sino historia».

De la neotenia y la guerra mental al adolescente tardío

La neotenia explica por qué el ser humano posee una extraordinaria plasticidad mental; precisamente por ello, la conciencia se ha convertido en el principal campo de batalla de la Tercera Modernidad. La guerra mental constituye una nueva forma de confrontación cuyo objetivo ya no consiste únicamente en conquistar territorios, sino en intervenir los procesos mediante los cuales las personas perciben, interpretan y construyen su subjetividad y su realidad.

Sus instrumentos son la manipulación algorítmica, la sobreinformación, la agnotología, la ingeniería emocional y la administración permanente de la atención parcializada. Ya no basta con controlar la economía o el territorio; el poder contemporáneo busca administrar la percepción, orientar el deseo y condicionar las decisiones antes de que el individuo ejerza plenamente su capacidad de juicio crítico.

La guerra mental encuentra en la condición neoténica del ser humano un terreno propicio. La apertura permanente al aprendizaje puede ser aprovechada tanto para fortalecer el pensamiento crítico como para introducir patrones de consumo, emociones prefabricadas e identidades funcionales al mercado digital y al régimen de poder dominante. El resultado de este proceso es la aparición del adolescente tardío como una categoría cultural y un subdesarrollo existencial.

No se trata simplemente de jóvenes que retrasan su emancipación, sino de un modelo de subjetividad caracterizado por la gratificación inmediata, la dependencia del reconocimiento virtual, la inestabilidad emocional, la falta de resistencia y la dificultad para asumir responsabilidades duraderas. El hiperindividualismo deja de ser una expresión de libertad para convertirse en un mecanismo de vulnerabilidad existencial frente a las nuevas formas de dominación.

José Revueltas anticipó esta problemática desde otra perspectiva. En Los muros de agua y El apando mostró que el encierro simboliza también la pérdida de la libertad interior, mientras que en Ensayo sobre un proletariado sin cabeza denuncia la ausencia de conciencia crítica como condición de la dominación política. En la Tercera Modernidad, esos muros ya no son únicamente físicos: son algoritmos, plataformas digitales y sistemas de producción simbólica que organizan la atención y modelan la percepción de la realidad.

El pensamiento crítico como antídoto

Si la guerra mental pretende colonizar la conciencia, el pensamiento crítico constituye la primera forma de resistencia. En la Tercera Modernidad ya no basta con garantizar la libertad de expresión; es indispensable preservar la libertad de pensar. La soberanía del siglo XXI dependerá cada vez menos del control territorial y cada vez más de la capacidad de los individuos y de las naciones para conservar su autonomía cognitiva y civilizatoria.

El pensamiento crítico deja de ser una simple competencia académica para convertirse en una condición de soberanía personal. Pensar críticamente significa distinguir entre información y conocimiento, entre hechos y narrativas, entre deseo propio y deseo inducido, entre opinión y juicio. Implica recuperar la capacidad de contextualizar los acontecimientos, reconocer los intereses que intervienen en la producción de los discursos y someter toda afirmación al análisis racional antes de aceptarla como verdadera, sin desatender la genuina intuición como una forma complementaria de comprensión de la realidad.

La resistencia frente a la guerra mental exige recuperar la capacidad de construir criterios propios, preservar la memoria histórica y asumir la responsabilidad ética de nuestras decisiones, enmarcadas en las circunstancias y en la propia civilización. Ninguna sociedad puede considerarse plenamente libre si sus ciudadanos han perdido la facultad de pensar por sí mismos y han omitido su tradición. La autonomía mental constituye, por tanto, la forma más profunda de soberanía: aquella que permite a las personas y a las comunidades mantener una relación consciente y enraizada con el mundo que habitan.

El adolescente tardío y el pensamiento crítico

en la Tercera Modernidad

Esta tarea requiere reconstruir las comunidades de sentido y fortalecer las instituciones que históricamente han contribuido a la formación de la conciencia crítica: la familia, la escuela, la universidad, la comunidad y la cultura. Sin el fortalecimiento de estos espacios de formación, la plasticidad mental propia de la neotenia queda expuesta a la influencia constante de los algoritmos, la economía de la atención y los mecanismos de manipulación emocional.

La educación, en consecuencia, no puede limitarse a transmitir conocimientos o preparar individuos para la eficiencia productiva. Su misión fundamental consiste en formar ciudadanos intelectualmente autónomos, capaces de deliberar racionalmente, resistir la manipulación y comprender la complejidad del mundo contemporáneo, así como desarrollar una comprensión crítica de su propia historicidad. Educar para el pensamiento crítico significa educar para la libertad.

Esta libertad también requiere que el pensamiento reconozca su propia tradición civilizatoria; de lo contrario, corre el riesgo de convertirse en un pensamiento desarraigado, en un huérfano existencial incapaz de comprender los valores, símbolos y experiencias históricas que otorgan sentido a sí mismo y a su comunidad. La educación, así entendida, trasciende el aula: es el proceso permanente y vital mediante el cual una sociedad conserva su memoria, fortalece su autonomía y forma seres humanos capaces de ejercer plenamente su libertad.

La soberanía personal

Frente a esta realidad, el pensamiento crítico deja de ser únicamente una competencia intelectual para convertirse en una forma de autodefensa cultural y de posicionamiento existencial. Representa la capacidad de preservar la autonomía del juicio frente a los mecanismos que administran el miedo, el placer, el consumo y la percepción. En última instancia, constituye el fundamento de la soberanía mental: la facultad de pensar con criterios propios en un entorno diseñado para influir constantemente sobre la conducta humana.

Por ello, la defensa de la libertad en el siglo XXI comienza por la defensa de la conciencia. La principal tarea de nuestro tiempo consiste en formar ciudadanos intelectualmente autónomos, emocionalmente resilientes y capaces de ejercer el pensamiento crítico, preservar su libertad interior y reconstruir vínculos comunitarios sólidos y duraderos.

La verdadera soberanía será, cada vez más, una soberanía personal. Solo una ciudadanía capaz de pensar históricamente, discernir racionalmente y recuperar formas estables de comunidad podrá resistir las nuevas modalidades de dominación que acompañan a la Tercera Modernidad. La conciencia humana se ha convertido en el territorio estratégico de nuestro tiempo; defenderla constituye uno de los mayores desafíos políticos, educativos y culturales del siglo XXI.

Conclusiones

La Tercera Modernidad ha inaugurado una transformación profunda de la condición humana y de las estructuras del poder. La digitalización, la inteligencia artificial y la economía algorítmica no solo modifican los sistemas económicos, políticos y culturales, sino también la manera en que los individuos piensan, sienten y construyen su identidad.

En este nuevo escenario, la neotenia —la condición evolutiva que permitió a nuestra especie conservar una extraordinaria plasticidad para aprender, adaptarse y transformarse— adquiere un carácter ambivalente. Puede favorecer la creatividad, la innovación y el pensamiento crítico; sin embargo, también puede convertirse en una vulnerabilidad cuando la formación cultural, ética y comunitaria es desplazada por el hiperindividualismo, el consumo y la gratificación inmediata. La prolongación de la inmadurez puede transformar esa apertura al aprendizaje en una adolescencia tardía marcada por la dependencia emocional, la dificultad para asumir responsabilidades y la fragilidad frente a mecanismos permanentes de influencia.

De este proceso emerge el adolescente tardío como un tipo antropológico característico de la época: un sujeto hiperindividualizado, vulnerable ante la administración algorítmica de las emociones, el miedo y el deseo, cada vez más alejado de la memoria histórica, la reflexión crítica y los vínculos comunitarios estables.

En este contexto, la guerra mental representa una modalidad contemporánea de disputa por la conciencia. Su objetivo ya no consiste únicamente en ocupar territorios o controlar recursos materiales, sino en intervenir los sistemas mediante los cuales las personas interpretan la realidad, configuran sus deseos y toman decisiones. El poder más eficaz no es necesariamente aquel que se impone mediante la fuerza o la coacción física, sino aquel que orienta percepciones y conductas hasta lograr que determinadas ideas o aspiraciones sean asumidas como propias.

La consolidación de la adolescencia tardía como modelo permanente de existencia implica una pérdida progresiva de soberanía personal. No se refiere a conservar la curiosidad, la creatividad o la apertura al aprendizaje propias de la juventud, sino a permanecer en una dependencia emocional, una búsqueda constante de gratificación inmediata y una evasión de responsabilidades que limita el desarrollo pleno de la personalidad y degrada la condición existencial.

Cuando la inmadurez deja de ser una etapa transitoria y se convierte en un ideal cultural, el individuo debilita su capacidad de autogobierno. La personalidad deja de construirse mediante la experiencia, la reflexión y la responsabilidad, quedando más expuesta a formas externas de orientación y conducción.

Frente a esta realidad, la soberanía personal exige recuperar el autogobierno: la facultad de orientar los deseos, asumir las consecuencias, establecer criterios propios y actuar con autonomía. La libertad individual dependerá cada vez más de la capacidad de pensar críticamente en un entorno diseñado para captar la atención, administrar emociones e influir sobre la conducta.

La soberanía del siglo XXI será, en gran medida, una soberanía de la conciencia. Solo individuos capaces de pensar históricamente, discernir racionalmente y reconstruir vínculos comunitarios significativos podrán enfrentar las nuevas modalidades de dominación y preservar la autonomía humana.

Referencias

Bartra, R. (1987). La jaula de la melancolía. Identidad y metamorfosis del mexicano. Grijalbo.

Bauman, Z. (2003). Modernidad líquida. Fondo de Cultura Económica.

Freud, S. (1930/2010). El malestar en la cultura. Alianza Editorial.

Gehlen, A. (1987). El hombre. Su naturaleza y su lugar en el mundo. Sígueme.

Han, B.-C. (2012). La sociedad del cansancio. Herder.

Ortega y Gasset, J. (1964). Historia como sistema. Revista de Occidente.

Revueltas, J. (1978). Los muros de agua. Era.

Revueltas, J. (1962). Ensayo sobre un proletariado sin cabeza. Era.

Revueltas, J. (1969). El apando. Era.

CANAL OFICIAL