De la redacción
El Buen Tono
Los Dodgers de Los Ángeles regresaron a la Casa Blanca para celebrar su más reciente campeonato de la Serie Mundial, en una ceremonia encabezada por el presidente Donald Trump que generó críticas entre parte de su afición, especialmente dentro de la comunidad latina de la ciudad.
El encuentro ocurrió nueve meses después de que el equipo conquistara su segundo título consecutivo. Durante el acto, el propietario y presidente de los Dodgers, Mark Walter, entregó a Trump un anillo personalizado de la Serie Mundial y una camiseta con el número 47, mientras el mandatario felicitó a la organización.
“Estoy encantado de decirles bienvenidos de nuevo a la Casa Blanca, y quizá los vea otra vez el año que viene”, expresó Trump ante jugadores y directivos del equipo.
Sin embargo, la visita provocó molestia entre algunos seguidores que recuerdan las políticas migratorias impulsadas durante la administración Trump, así como los operativos realizados por el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE) en Los Ángeles, donde se registraron protestas debido a las acciones contra comunidades migrantes.
Los Dodgers ya habían sido cuestionados anteriormente por su postura ante esos operativos, por lo que la presencia del equipo en la Casa Blanca fue vista por algunos aficionados como un mensaje contradictorio con la imagen multicultural que ha acompañado históricamente a la franquicia.
La polémica también estuvo marcada por las ausencias de dos figuras importantes del equipo. El puertorriqueño Kiké Hernández no acudió debido a una lesión y señaló que probablemente tampoco habría asistido, mientras que Mookie Betts decidió quedarse con su familia.
Aunque la visita de los campeones de las Grandes Ligas a la Casa Blanca es una tradición deportiva, el encuentro de los Dodgers con Trump volvió a abrir el debate sobre la relación entre deporte, política e inmigración en una ciudad donde la comunidad latina tiene un papel fundamental en la identidad del equipo.
