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AGENCIAS

MÉXICO.- Hace 16 años, el cierre del ingenio La Concepción, en Jilotepec, no significó únicamente el fin de una fábrica. Para cientos de familias representó la pérdida de empleos, ingresos y oportunidades, y para toda una comunidad significó el debilitamiento de la economía que durante décadas había dependido de la actividad azucarera.

Clicerio Gómez Ortega, extrabajador de la factoría, recuerda que alrededor de 500 empleados quedaron sin recibir sus pagos y liquidaciones. El ingenio dejó de operar y, con sus máquinas apagadas, también comenzó a desaparecer buena parte de la actividad económica que sostenía a la comunidad.

El impacto de un cierre de esta magnitud va mucho más allá de los trabajadores directamente afectados. Cuando un ingenio deja de operar, disminuye el circulante en la zona, los comercios pierden clientes, los proveedores dejan de tener actividad y las familias enfrentan una creciente incertidumbre. En muchos casos, la falta de oportunidades obliga a los habitantes a emigrar en busca de empleo.

Ese antecedente vuelve a cobrar relevancia ante la situación que enfrenta el ingenio San Pedro, en Lerdo de Tejada. Su cierre mantiene en incertidumbre a miles de trabajadores, productores de caña y familias que dependen directa o indirectamente de la actividad azucarera.

Los trabajadores temen que la historia se repita, particularmente por el riesgo de que las instalaciones sean desmanteladas antes de resolver los adeudos laborales. Por ello, han mantenido vigilancia en las instalaciones y realizado movilizaciones para exigir certeza sobre sus empleos, pagos y liquidaciones.

La crisis no se limita a una sola empresa. Organizaciones empresariales y productores han advertido que la industria azucarera enfrenta problemas estructurales relacionados con los precios, la competencia, las importaciones y el llamado contrabando técnico de azúcar, factores que han reducido la rentabilidad del sector y aumentado la presión sobre los ingenios.

En este escenario, La Concepción permanece como un recordatorio de lo que puede ocurrir cuando una planta industrial desaparece sin una estrategia para proteger a los trabajadores y a la economía local. Un ingenio no representa solamente maquinaria y producción: detrás de sus operaciones existen familias, comercios, transportistas, productores y comunidades enteras.

En Lerdo de Tejada, el temor de que “el pueblo se apague” refleja una preocupación concreta. Los habitantes saben que perder el ingenio no significaría únicamente perder una fuente de empleo, sino poner en riesgo buena parte de la actividad económica que mantiene con vida a la comunidad. Por eso, el caso de La Concepción se ha convertido en una advertencia sobre las consecuencias sociales de dejar morir una industria de la que depende todo un pueblo.

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