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Por: Catón  /  columnista

Aportan más a México que los políticos

Me gustan las estatuas, esas mitologías congeladas. Voy a repetir la frase, pues si bien no está como para inscribirse en bronce eterno o mármol duradero ciertamente merece el honor del bis, esto es decir de la repetición. Vuelvo a decirlo: me gustan las estatuas, esas mitologías congeladas. Tales monumentos representan el afán del hombre por sobrevivir a su muerte. Son expresión del Non omnis moriar horaciano (Carmina, XXX, 1); de ese “No moriré del todo”, anhelo de inmortalidad que nos lleva lo mismo a hacer el amor que a plantar un árbol o a escribir poesía lírica. Las estatuas son muy importantes: piensen mis cuatro lectores lo que sería el mundo sin la Venus de Milo, el David de Miguel Ángel o el Balzac de Rodin. (Sin la estatua de Morelos en Janitzio el mundo sería mejor). En ese contexto juzgo muy atinada la frase que cierto ejidatario le dijo a don Jesús R. González, alcalde excelentísimo que fue de mi ciudad, Saltillo: “Se ha portado usted tan bien con nosotros, don Chuy, que merece que le hagamos una estuata, aunque sea de zoquete”. (Zoquete, en México, es lodo; del náhuatl zoquitl, fango o cieno). Muchas estatuas hay en la República. Demasiadas, me temo.

Casi todas están dedicadas a la prodigiosa capacidad que tenía don Benito Juárez de retener nombres, fechas, datos, etcétera. Por eso dice la inscripción en sus monumentos: A la memoria de don Benito Juárez. Nada se le olvidaba al Benemérito; tenía memoria de esposa. Si a mí alguien me dijera: “Tiene usted autorización –y presupuesto- para hacer una estatua”, yo le haría una al Emigrante Mexicano. Hay quienes exaltan y glorifican a sus emigrantes: he visto estatuas dedicadas a ellos en el Centro Libanés de la Ciudad de México y en el Club España de Torreón. Nosotros, en cambio, nos avergonzamos a veces de nuestros emigrantes. Los hemos llamado “braceros”, como si no fueran más que brazos; “espaldas mojadas”, traducción del nombre despectivo wet backs usado por sus patrones norteamericanos; o “indocumentados”, en alusión a su condición de migrantes ilegales. Ninguna dependencia oficial se encarga eficazmente de su protección o su defensa; vemos con indiferencia sus sufrimientos, y aun su muerte.

En su propio país se les hace objeto de toda suerte de abusos y exacciones: gente de variados uniformes espera la llegada de “los paisanos” en las vacaciones o fiestas navideñas con la misma voracidad con que los predadores acechan a sus presas. Nuestros emigrantes afrontan un calvario cuando van “al otro lado”; y otro calvario afrontan cuando regresan a éste. Y sin embargo ellos aportan más a México que los políticos o los banqueros. Gracias a ellos no ha habido en este País una nueva Revolución: el dinero que mandan a sus familias ha evitado un estallido de irritación social. Arriesgan hasta su vida para cruzar la frontera y si lo consiguen son objeto de discriminación y hostilidad. Hacen trabajos que todos desprecian; se parten las espaldas en agobiantes jornadas. Y sin embargo jamás pierden el amor a México. Asisten cada año a la fiesta patronal de su pueblo; pagan por el cultivo de la tierrita que dejaron al salir; cuando vienen lo hacen cargados de regalos para toda la familia: bicicletas, una lavadora usada, ropa, juguetes para los niños… Hace falta una estatua para El Emigrante Mexicano. Pero más que una estatua hace falta protegerlo cuando se va y evitar los abusos contra él cuando viene. Lo de la estatua puede esperar… Decía un mexicano, trabajador de un rancho en Texas: “El gringo, nuestro patrón, es medio pendejo. Cree que sus trabajadores somos santos. A mi compadre le dice San Abagán y a mí San Ababich”… FIN.

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